
Nuevas miradas a la estela de Sinarcas desde una perspectiva histórica, cultural y territorial
David Quixal Santos
Joan Ferrer i Jané
Pascual Iranzo Viana
2024
Museu de Prehistòria de València
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Archivo de Prehistoria Levantina
Vol. XXXV, 2024, e7, p. 157-184
Permanent IRI: http://mupreva.org/pub/1626
Creative Commons BY-NC-SA 4.0 ES
ISSN: 0210-3230 / eISSN: 1989-0508
David QUIXAL SANTOS a, Joan FERRER I JANÉ b y Pascual IRANZO VIANA c
Nuevas miradas a la estela de Sinarcas desde
una perspectiva histórica, cultural y territorial
RESUMEN: Más de ocho décadas después de su hallazgo, la estela de Sinarcas es hoy por hoy uno
de los estandartes del Museu de Prehistòria de València y una pieza insigne de la cultura ibérica en el
ámbito valenciano. En las siguientes líneas pretendemos aportar nuevos datos sobre las circunstancias
de su hallazgo, actualizar a nivel filológico el estudio de su inscripción e insertarla en su contexto
histórico y espacial: el norte de la Meseta de Requena-Utiel, una zona donde la metalurgia parece haber
jugado un papel importante en el complejo proceso de romanización del territorio ibérico de Kelin.
PALABRAS CLAVE: Epigrafía ibérica, escritura ibérica, mundo funerario, romanización, metalurgia.
New insights on the Iberian stele of Sinarcas
from a historical, cultural and territorial perspective
ABSTRACT: More than eight decades after the finding, the stele of Sinarcas is today one of the banners
of the Museum of Prehistory of Valencia and a relevant object of the Iberian culture in Valencia. In
this paper we intend to provide new data on the circumstances of its discovery, to update the study of
its inscription at a philological level and to insert it into its historical and spatial context: North of the
Requena-Utiel Plateau, an area where the metallurgy seems to have played an important role in the
complex Romanization process of the Iberian territory of Kelin.
KEYWORDS: Iberian epigraphy, Iberian scripture, funerary world, Romanization, metallurgy.
a
b
c
Universitat de València. Dept. de Prehistòria, Arqueologia i Hª Antiga. GRAM.
david.quixal@uv.es
Universitat de Barcelona. Grup LITTERA (2021 SGR 00074).
joan.ferrer.i.jane@gmail.com
pascualiranzo@gmail.com
Recibido: 04/09/2023. Aceptado: 01/07/2024. Publicado en línea: 25/11/2024.
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1. INTRODUCCIÓN
La estela de Sinarcas es una de las muestras de epigrafía ibérica más conocidas. Ha sido tratada y analizada
por los más prestigiosos especialistas desde mediados de siglo pasado. Sin embargo, el grueso de la atención
lo ha captado casi siempre su escritura, con continuas propuestas y reinterpretaciones de su texto. Poco, o
prácticamente nada, se ha escrito más allá de eso. En el presente trabajo detallamos las circunstancias de
su hallazgo, información únicamente recogida en algunas publicaciones de índole local, añadiendo datos
inéditos y reflexionando sobre la evolución del rol de esta pieza, que ha pasado de ser un objeto desconocido
y menospreciado, a constituir un símbolo local. En segundo lugar, realizamos una actualización epigráfica
que, al mismo tiempo, permite aportar nuevas e interesantes interpretaciones. Por último, lo que constituye
el objetivo primordial de este trabajo, por primera vez se analiza pormenorizadamente el contexto en el
que se enmarca. Se describe en detalle en el yacimiento en el que apareció, Pozo Viejo, planteando su
carácter de necrópolis. Se hace un estudio diacrónico del poblamiento en el área sinarqueña, desde los
últimos momentos del territorio ibérico de Kelin (Caudete de las Fuentes, Valencia) hasta época romana
altoimperial. Y, finalmente, se inserta esta pieza en la problemática general del cambio cultural entre época
ibérica y romana, proceso que explica su singularidad, a caballo entre dos mundos.
2. LA ESTELA, AYER Y HOY
En verano de 1941, en la fase más dura de la posguerra, un vecino de Sinarcas, Alejandro Monterde
Jiménez, decidió hacer un pozo para regadío en una parcela de secano que quería transformar en huerta.
El lugar elegido fue una pequeña propiedad situada en el paraje conocido como el Pozo Viejo, a unos 150
m al noroeste de la localidad sinarqueña (fig. 1), muy próximo a donde se encuentra el Pozo Concejil, el
cual dio servicio a la población durante muchos siglos hasta la canalización de las aguas del manantial de
Ranera en 1911.
El propietario inició los trabajos de adecuación del terreno “trujillando” ⸺palabra utilizada antiguamente
en Sinarcas para la acción de desbrozar el suelo y abrirlo a una cierta profundidad, con un arado especial
que va recogiendo gran cantidad de tierra⸺. De esta forma dividió el terreno que estaba inclinado en
Fig. 1. Alejandro Monterde y su mujer hacia 1970 en una fotografía cedida por la familia y aspecto actual del lugar del
hallazgo de la estela.
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tres bancales en forma de terrazas con sus correspondientes hormas. El 25 de agosto se encontró con un
obstáculo de piedra desconocido: la conocida estela ibérica, la cual se partió en dos al extraerla. La parte
superior, que contenía signos irreconocibles, fue llevada a su domicilio. Durante un tiempo estuvo guardada
en su casa, con la intención de ponerla de adorno.
Enterada de este hallazgo, estando de vacaciones en la localidad, María Vicenta Pérez Pérez, natural de
Sinarcas e hija de los dueños de la bodega cercana al lugar donde se encontró, comunicó este descubrimiento
al profesor Pío Beltrán Villagrasa. María Vicenta, licenciada en Derecho y Filosofía, era funcionaria del
Ayuntamiento de Valencia, pero antes de estudiar estas carreras había sido alumna de Pío Beltrán en el
Instituto Lluís Vives de Valencia y, a la vez, tenía una gran amistad con su hijo, Antonio Beltrán Martínez.
Enterado e informado el profesor del importante hallazgo, hizo todo lo posible para que la pieza fuese
remitida a Valencia, ya que sospechaba y temía que fuera la intención del dueño ponerla en su hogar, detrás
del fuego, en la pared de la chimenea (Beltrán, 1947: 246). Las gestiones realizadas por Emilio Viñals y,
sobre todo, por María Vicenta Pérez, junto con la generosidad de Alejandro Monterde, hicieron posible
que la estela fuera mandada en el “ordinario” al domicilio de este ilustre investigador, quien después de su
estudio la entregó al Museu de Prehistòria de València, su ubicación actual (fig. 2).
Creemos que es interesante recuperar la narración que hace años hizo Victorina Monterde Lloría (Cano,
2004), hija del descubridor de esta importante pieza:
El descubrimiento se produjo en el verano de 1941. Yo tenía entonces once años y apenas si me acuerdo de los
detalles. De lo que sí me acuerdo es del mucho gozo que le dio a mi padre haber encontrado aquello que parecía
una lápida, pero que estaba escrita con unas letras que ninguno de nosotros conocía…
Fig. 2. Detalle de la parte superior de la estela (Museu de Prehistòria de València).
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Mi padre era muy tenaz. Primero excavó un pozo, pero se secó, así que no tuvo más remedio que comenzar a
excavar otro. Como tampoco daba agua suficiente, hubo que sustituir la bomba de mano por una noria tirada por un
burro, y entonces, ya con agua, empezar a hacer bancales.
Mientras mi padre trujillaba, notó algo muy duro, como a un metro de profundidad, y pensando que se trataba
de una gran piedra, como así fue, escarbó la tierra hasta sacarla a la superficie. Pero menuda sorpresa. Como
ninguno de nosotros podía saber qué era aquello, mi padre le entregó la estela a don Pío Beltrán, quien a su vez, la
hizo llegar al Museo de Prehistoria de Valencia. Entonces, en el pueblo, nadie le dio importancia a aquello.
Tras el propio Pío Beltrán (1947), desde mediados del siglo pasado han sido numerosos los investigadores
que han estudiado esta pieza, destacando entre estos a Manuel Gómez-Moreno (1949), Domingo Fletcher
(1953 y 1985) y Jürgen Untermann (1990) (fig. 3).
De forma semejante a lo ocurrido con otros importantes descubrimientos de la arqueología ibérica, los
vecinos de la localidad no le dieron mucha importancia o valor a la pieza en el momento de su hallazgo.
Sin embargo, tras haber sido estudiada por numerosos investigadores y ser expuesta dentro y fuera de
España, ocho décadas más tarde constituye una de sus señas de identidad. Recordemos que la estela formó
parte, junto con un amplio conjunto de materiales ibéricos de primer nivel, de la magna exposición Los
Fig. 3. Selección de dibujos de la inscripción publicados previamente. 1. Beltrán, 1947. 2. Gómez-Moreno, 1949. 3.
Untermann, 1990. 4. Fletcher, 1953. 5. SIP, 1985 (Francisco Chiner). 6. Fletcher, 1985.
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Iberos, comisionada por Carmen Aranegui (Aranegui et al., 1997). Esta muestra internacional recorrió
París, Barcelona y Bonn entre 1997 y 1998. Actualmente ocupa un lugar destacado en la sala dedicada a
escritura ibérica del Museu de Prehistòria de València. Fue la primera imagen incluida como portada en la
serie de monografías, Trabajos Varios, de esta institución (Fletcher, 1985).
Su dibujo recibe y despide a los visitantes que llegan a la población de Sinarcas, pues está incluido en
la señalización de Tierra Bobal en las dos entradas de la localidad por la N-330 (fig. 4.1 y 4.4). El artista
sinarqueño Ramiro Monterde Cremades “Jabalí” ha realizado un par de réplicas de la misma, destacando
la del parque municipal Eugenio Cañizares (fig. 4.2). Por último, durante el proceso de elaboración de este
artículo, el Ayuntamiento de Sinarcas, a petición del Consejo Escolar del centro educativo de la localidad,
acordó en pleno el cambio del nombre de la escuela, que ha pasado a llamarse a partir de ahora CEIP Estela
de Sinarcas (fig. 4.3).
Este tipo de dinámicas con objetos antiguos que acaban traspasando su propio valor histórico y
arqueológico, entrando en el campo de lo identitario y lo simbólico, son frecuentes en la arqueología
valenciana, con los ejemplos paradigmáticos de la Dama de Elche (Vizcaíno, 2018) o el Guerrer de
Moixent (Vives-Ferrándiz et al., 2022); a los que se podrían sumar las recientes experiencias de Caudete de
las Fuentes con el pitorro vertedor zoomorfo de Kelin, Olocau con el Guerrer Nauiba del Puntal dels Llops
o Yátova con el plomo nº 2 del Pico de los Ajos (Quixal y Mata, 2018: 79). Además del trasfondo cultural
y sociológico que estos fenómenos tienen, son interesantes porque acaban generando un estrecho vínculo
entre la población y, más allá de la pieza, el patrimonio arqueológico local y regional al completo, factor
clave para asegurar su correcta protección y conservación.
Fig. 4. La estela de Sinarcas como símbolo local y comarcal.
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3. DESCRIPCIÓN DE LA PIEZA
La inscripción de la estela es especial, en primer lugar, por su longitud, puesto que es la inscripción ibérica
más larga realizada sobre una estela, ya que estas se caracterizan por contener mensajes más concisos.
También destaca por carecer de separadores de palabras, cosa relativamente única en ibérico en textos de
esta longitud, circunstancia que dificulta aún más su interpretación. No obstante, su grado de conservación
es inusualmente bueno y los escasos signos perdidos pueden suplirse con seguridad. Además, contiene un
elemento único que no está presente en ninguna otra inscripción ibérica: una cabecera realizada con signos
mucho más grandes que el texto y que no responde a nada conocido en el corpus ibérico, aunque todo
apunta que podría contener alguna indicación numérica.
En realidad, se trata solo de la parte superior de una estela de piedra caliza de cabecera semicircular, con
unas dimensiones conservadas máximas de 76 cm de alto, 44 de ancho y 12 / 13 cm de grosor dependiendo
del lado (fig. 5). En origen sería mucho más alta, puesto que ya hemos indicado que se partió en dos,
conservándose solo la parte escrita. La piedra es de la misma calidad que la utilizada para construir el
templo parroquial y procede de las canteras del “Regajo”; es caliza blanda, fácil de labrar, que se rompe y
desgasta fácilmente, por lo cual contiene algunos signos muy desgastados. Pesa 85 kg. Corresponde al tipo
D.3 de la tipología de estelas propuesta por Isabel Izquierdo y Ferran Arasa (1999: 290).
Fig. 5. Fotografía (BDHesp) y dibujo de la inscripción.
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El campo epigráfico incluye la cabecera y está delimitado en los laterales por una línea incisa,
perdida en gran parte. Por su parte, sin contar la cabecera, el resto del texto mide 23 x 41 cm y está
estructurado en seis líneas delimitadas por siete líneas de pautado, aunque la primera actúa como
base al texto de la cabecera (fig. 3). Los signos de la cabecera miden entre 8 y 9 cm, siendo 9,5 cm la
distancia máxima entre la primera línea de pautado y la línea incisa que delimita el campo epigráfico a
la altura del primer signo. El resto de signos del texto varían entre los 2,4 y los 4 cm. El total de signos
originalmente grabados era de 89, aunque cuatro están perdidos. Los signos del texto de la cabecera no
son solo más altos, sino también sus incisiones más gruesas, prácticamente el doble. Las diferencias
en la realización de la cabecera respecto del texto, por tamaño de los signos, anchura y profundidad
de la incisión y el uso de variantes de signos distintas, se han atribuido a la posible participación de
manos distintas, quizás incluso en momentos diferentes, fruto de una reutilización del soporte. Estos
detalles son los que hicieron sospechar a Untermann (1990: *8) que la cabecera fuese una falsificación
añadida en época moderna, aunque esta opinión no ha tenido el apoyo de otros investigadores. Solo
Velaza (1992: 320 y 322) la defendió inicialmente, pero ya no en trabajos más recientes (Velaza, 2019:
185). No obstante, a nuestro parecer, todo apunta a que fue un texto concebido de forma unitaria y que
las diferencias en el texto de cabecera son debidas a la voluntad de que fuese la parte más destacada
del texto.
4. ANÁLISIS EPIGRÁFICO
4.1. Principales problemas de lectura
El signo más problemático de la inscripción es el octavo de la primera línea, del que no quedan trazos
visibles a pesar de no presentar ninguna rotura superficial. Unánimemente se transcribe como un signo tu,
para reconstruir el recurrente elemento ildu, excepto Gómez-Moreno (1949: 56) y Fletcher (1953: 55), que
leen ilu.
Al final de la segunda línea hay un espacio exento en el que cabría perfectamente un signo, quizás dos,
y en el que Fletcher (1953: 55; 1985: 18) proponía identificar un signo te. Aunque parece apreciarse algún
resto de trazos, no es seguro que correspondan a signos perdidos, quizás se empezó a marcar el signo be,
pero no se llegó a ejecutar. No obstante, es extraño que no se haya usado este espacio, teniendo en cuenta
que en el resto de la inscripción no hay espacios vacíos y, con seguridad, tanto el eba[ne]/n de la primera
línea como el eukia/[r] de la tercera están partidos entre las dos líneas. Cabe la posibilidad, como pasa
con el signo tu de la primera línea que está completamente perdido o el segundo ḿ de la segunda que
casi ha desaparecido, que lo mismo haya pasado con el posible signo o signos que ocuparan este espacio.
Alternativamente, quizás no haya ningún signo perdido y el espacio exento divide la inscripción en dos,
separando el mensaje principal del secundario (Silgo, 2001: 18).
En la tercera línea, la única duda es el antepenúltimo signo que presenta una forma que tanto podría
ser u como tu, en función del contexto, aunque todo apunta a que se trata de u. Como se aprecia en las
fotografías de detalle (fig. 6) el signo u de eukia[r] es claramente diferenciable del tu de katuekaś, con
el trazo central muy corto y las diagonales exteriores cerradas y llegando a la base, mientras que el sigo
u presenta un trazo interior el doble de largo y las diagonales exteriores abiertas. El segundo eukiar está
afectado por la rotura, pero tiene un trazado análogo al primero.
La paleografía de los signos es la característica de los siglos II-I a.C. y corresponde a la escritura
no-dual (cf. Ferrer i Jané, 2005: 971; 2020: 980; cf. Ferrer i Jané y Moncunill, 2019: 83), habiéndose
planteado previamente como intervalo más probable el que va de mediados del II a.C., a mediados del I
a.C. (Rodríguez Ramos, 2004: 221).
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Fig. 6. Fotografías de
detalle de los signos u y
tu: il[du]taś, katuekaś,
eukia[r] y eukiar.
La lectura propuesta es básicamente la misma que propone Untermann (1990: F.14.1), solo con la
particularidad de distinguir los dos signos s de la cabecera, puesto que representan conceptos distintos y en
ambos casos probablemente simbólicos:
ḿ∑keIISSL
baisetaśiḻ[du]taśeba[ne]
nḿiseltarbanḿi
beŕbeinarieukia
[r]ḿikatuekaśkoloite
kaŕieukiarseltarban
ḿibasibalkarḿbaŕḿi
4.2. Análisis del léxico
Para los elementos más familiares del léxico no tenemos nada más a añadir a lo ya publicado, por lo que
remitimos a Moncunill y Velaza (2019); sin embargo, realizamos algunas precisiones para los elementos
que se relacionan a continuación:
ḿ∑keIISSL: Es casi unánime la consideración de que este elemento contiene una expresión metrológica
o numérica (Bertrán, 1947: 255; Gómez-Moreno, 1949: 56). Sólo para Maluquer (1968: lámina IX) se
trataría del nombre del difunto. Fletcher (1985: 18) considera que el texto se compone de dos partes, una
textual, ḿske, que relaciona con uskeike (cf. Moncunill y Velaza, 2019: 450), y una numérica, IISSL,
segmentación que es seguida, en general, por autores posteriores (Silgo, 2001: 18; 2016, 522; Simón, 2013:
234-235; Montes, 2020: 50). En cambio, otros no han precisado cuál sería su composición; así, De Hoz
(2001b, 59; 2011, 195) solo considera que se trataría de una expresión metrológica en la que se combinarían
numerales y abreviaturas, mientras que Rodríguez Ramos (2004: 128) indica que podrían ser numerales
o algún símbolo mágico. Velaza (2019: 185) plantea que no se puede excluir que contenga una indicación
numérica; no obstante, no figura recogida en el léxico ibérico ni como elemento léxico ni como numérico
(Moncunill y Velaza, 2019: 558-560).
Como pasa en el texto de la inscripción, donde no hay separadores, en la expresión inicial tampoco,
circunstancia que complica su segmentación. En todo caso, todo apunta a que probablemente se trate de una
combinación de abreviaturas y de numerales, por lo que la estructura más natural de la expresión debería ser
una sucesión de parejas U + Q, en la que el primer elemento identificase aquello que se está cuantificando
y el segundo indicase la cantidad, como pasa con las expresiones metrológicas ibéricas mejor conocidas
(Ferrer i Jané, 2007: 54; 2011: 99; e.p. 2024).
El mejor candidato a numeral es el elemento final IISSL por la repetición de signos. Su valor puede
ser establecido con relativa claridad desde la propuesta de Montes (2020: 43-44) de interpretar L con valor
10 y S con valor 20. Esto es así por no repetirse S más de cuatro veces en los contextos donde aparece,
especialmente en las ánforas de Vieille-Toulouse (Ferrer i Jané, e.p. 2024), circunstancia que permitiría
reproducir simbólicamente la estructura supuesta de los numerales léxicos ibéricos (Orduña, 2005: 501; Ferrer
i Jané, 2009: 459; 2022: 13) que podrían tener base vigesimal, como en vasco. Al signo L, normalmente no
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se le ha atribuido ningún valor concreto (Untermann, 1990: 147), pero tradicionalmente se ha comparado
con el numeral romano L (50) (Maluquer, 1968: lámina IX). En todo caso, su integración en expresiones
metrológicas, especialmente en los plomos de Yátova y en las ánforas de Vieille-Toulouse, a la izquierda del
grupo de unidades y del símbolo Π, con valor de 5 (cf. De Hoz, 2011: 195), ya permitía pensar que se trataba
de un signo estrictamente numérico y que su valor fuera igual o superior a 10 (Ferrer i Jané, 2021a: 77).
De acuerdo con esta hipótesis, el valor de la expresión final representada en esta estela podría ser 50
(SSL), sin tener en cuenta las unidades que la preceden, suponiendo que funcionan con los elementos de
la derecha. En cambio, podría ser 52 (IISSL), si fuesen unidades aditivas, tal como propuso inicialmente
Montes (2020, 56), aunque las unidades siempre aparecen en ibérico como último elemento a la derecha de
todas las expresiones conocidas, por lo que parece muy improbable. Quizás sí que sería posible interpretarlas
como substractivas, 48 (IISSL), para ahorrar espacio de un canónico SSΠIII (48); aunque sería un uso aun
no documentado en ibérico, podría responder a una imitación del modelo romano.
La parte inicial de la expresión, ḿ∑ke, se interpreta normalmente de forma textual, ḿske, pero tiene el
problema de que el signo s3 (sigma: ∑) no es la variante usada en el resto del texto, donde se usa s1 (s), ni
es la esperable en este contexto de escritura no dual de cronología tardía. Por lo cual, encajaría mejor que
estuviese siendo usada como símbolo (∑), cosa que lo acercaría más a los numerales simbólicos, que no
a las unidades de medida que usan las iniciales del elemento léxico al que representan, como sería el caso
paradigmático de las unidades del sistema a-o-ki, siendo los más claros o/otar y ki/kitar (cf. Ferrer i Jané,
2011). En este sentido, cabría considerar la posibilidad que ∑ fuera el símbolo para 100, puesto que es el
que nos falta, una vez identificados S (20), L (10) y Π (5).
Así pues, la solución más completa desde el punto de vista de la estructura de la expresión es la que
interpreta la expresión de la cabecera formada por dos subexpresiones, ḿ y ke como conceptos cuantificables,
que respectivamente estarían cuantificados por ∑ (quizás 100) y IISSL (48). No obstante, no disponemos de
otras expresiones metrológicas nororientales donde se pueda verificar el uso de ∑ como numeral simbólico.
Solo en greco-ibérico aparece en el plomo de La Serreta (A.04.01) y en el de Coimbra del Barranco Ancho
(MU.01.01), pero no parece que se trate del mismo elemento. Para ḿ (V) se podría aducir el caso de las
expresiones metrológicas de los plomos de Yátova, pero tampoco parece que sea el mismo elemento (Ferrer
i Jané, 2021a: 77). El signo ḿ también podría aparecer como elemento cuantificado en la expresión ḿseike
del plomo de Gruissan (AUD.04.02), que quizás podría esconder una variante del numeral léxico śei (6)
(Orduña, 2013: 526; pace Ferrer i Jané, 2022: 36). En el caso de ke, sólo está la expresión keILΠ de uno de
los plomos de Yátova (V.13.03), que Montes (2022) interpreta con el valor de 115, pero que podría esconder
una cuantificación de ke como unidad de medida.
En lo que respecta a la interpretación de la expresión, no parece que se trate de la edad del difunto, tal
como Maluquer (1968: lámina IX) sugería para L (50), puesto que a pesar de que es un concepto numérico
habitual en las inscripciones funerarias latinas, no aparece normalmente en una posición tan destacada en
la cabecera. Además, parece que la indicación de la edad debería incorporar el uso de tieike o de su forma
abreviada ti, tal como sucede en las estelas de Bicorp (V.06.006) y de Terrateig (V.18.01), así como con la
edad del vino en las ánforas de Vieille-Toulouse (Ferrer i Jané, e.p. 2024).
Por su parte, Silgo (1993: 369-371; 2001: 18) propuso que fuese el equivalente ibérico de las expresiones
latinas típicas de las sepulturas que delimitan en pies el espacio reservado para la tumba, la pedatura (cf.
Vaquerizo y Sánchez, 2008: 101). Inicialmente, leía la parte textual de la expresión como ḿmke con el
significado de la unidad de medida ‘pie’, suponiendo que la sigma fuese un signo m rotado; “Pies IISSL”,
asumiendo que la sepultura delimitaría un cuadrado. Posteriormente, este autor (Silgo 2016: 522) recuperó
la lectura tradicional ḿske, interpretada con el sentido de ‘atrás’: “Atrás pies tantos”, con la duda de si I
representa la unidad de medida ‘pies’, repetida (II) para indicar el plural o si es parte de la cantidad.
Recientemente, Montes (2022), en la línea de Silgo, ha propuesto interpretar la expresión con el
significado: “Pies? 250”. Interpreta que el signo ke sería 100, las dos cifras (II) indicarían el número
de centenas, y SSL sería 50. Mientras que ḿs sería una palabra o abreviatura de pie, aunque interpreta
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la cantidad expresada como la superficie, es decir pies cuadrados. En todo caso, la contabilización de
las centenas con las unidades de la izquierda (keII) no parece la mejor solución, puesto que generaría
ambigüedades con la representación de cifras del estilo de 102, teóricamente, también keII. Si la propuesta
fuera correcta, se esperaría la repetición del símbolo ke para representar 200.
Las expresiones de pedatura no suelen encabezar el texto, no obstante, casi todas las excepciones
corresponden a Hispania, en particular a la Bética, aun cuando siguen siendo la excepción. En algunos casos,
no solo figuran en posición inicial (fig. 7.2 y 7.5), como la de Écija (Fernández Ugalde, 2021: fig. 3) y la de
Nueva Carteya (CIL II2/5, 351), sino que se destacan del resto del texto, bien por su disposición circular (fig.
7.1), como la de Lucena (CIL II2 /5, 617), por el tamaño de letra (fig. 7.3), como la de Antequera (Vaquerizo
y Sánchez, 2008: fig. 11), o por figurar en una sección reservada (fig. 7.4), como la de La Guijarrosa (CIL
02, 02270). Esta circunstancia recordaría claramente a la posición destacada de la expresión de la cabecera
en la estela de Sinarcas.
Por lo tanto, cabe considerar aceptable desde el punto de vista de la epigrafía comparada la propuesta
de que se trate de una expresión de pedatura basada en un modelo romano. Este contacto se podría haber
producido in situ, especialmente si la cronología de la estela fuera suficientemente tardía, puesto que los
primeros ejemplos de pedatura latinos hispanos datan ya de época augustea (cf. Vaquerizo y Sánchez, 2008:
119). Alternativamente, si su cronología fuese más antigua, podría plantearse como resultado de un contacto
producido fuera de la península. El difunto podría haber servido como auxiliar, actividad que causaría la
mayor parte de desplazamientos de indígenas fuera de la península, y haber conocido directamente esta
tradición. A favor de esta alternativa estaría la propuesta de que la difusión del uso de la pedatura en las
inscripciones funerarias latinas de Hispania se relaciona con los veteranos del ejército (Cf. Vaquerizo y
Sánchez, 2008: 120).
Aunque en las inscripciones latinas normalmente se indican las dos dimensiones, in fronte pedes (latum)
/ in agro pedes (longum) (fig. 7.1 y 7.4), es relativamente frecuente solo se indique una, bien con una
fórmula específica, locus pedum (quoquo versus), asumiendo que es un cuadrado (fig. 7.2, 7.3 y 7.5) o
solo indicando alguna de las dos dimensiones si se considera la otra innecesaria (cf. Vaquerizo y Sánchez,
2008: 113). Así pues, la hipótesis de la pedatura sería compatible tanto con la presencia de dos conceptos
cuantificados, como con uno solo.
A continuación, analizamos posibles interpretaciones en el contexto de que fuera una expresión de
pedatura:
La primera posibilidad sería que ḿ y ke fuesen los identificadores de las dimensiones indicadas, latum
y longum, que estarían respectivamente cuantificadas por 100 (∑) y 48 (IISSL), aunque, si fuera así, la
unidad de medida se debería considerar implícita.
Alternativamente, si fueran unidades aditivas ibéricas de longitud del estilo de las del sistema a-o-ki,
podrían representar el valor 100ḿ + 48ke, se estaría definiendo una sola cantidad, un locus cuadrado,
aunque sin ningún elemento formular adicional y con el problema de cuál sería la relación entre las unidades
ḿ y ke, con ḿ >48ke.
En una tercera opción, se podría plantear que ke fuese la partícula conectora de los numerales léxicos
(Orduña, 2005; Ferrer i Jané, 2009: 458; 2022: 35), aunque sería claramente innecesaria por tratarse de un
numeral simbólico. En todo caso, de ser así, se podría identificar el numeral 148 (∑keIISSL), cosa que
dejaría a ḿ como elemento léxico abreviado de la fórmula de la pedatura ibérica o como la inicial de la
unidad de medida de longitud. También se podría pensar en una variante con dos cantidades 102 (∑keII) y
50 (SSL) y ḿ como elemento léxico abreviado.
Si fuera correcta la propuesta de Montes (2022) para ke como indicador de la centena, ḿ podría quedar
como elemento léxico abreviado, ∑ podría ser la unidad de medida de longitud, a pesar de los problemas
de su condición simbólica, mientras que las cifras finales, seguirían siendo 148 (keIISSL), que como en los
dos casos anteriores cabría interpretar como las dimensiones del lateral de un locus cuadrado. Como en el
caso anterior se podría plantear la variante 102 (keII) y 50 (SSL).
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Fig. 7. Paralelos latinos: 1. Lucena
(CIL II2/5, 617). 2. Écija (Fernández
Ugalde, 2021: fig. 3). 3. Antequera
(Vaquerizo y Sánchez, 2008: fig. 11).
4. La Guijarrosa (CIL II, 2270).
5. Nueva Carteya (CIL II2/5, 351).
Finalmente, recuperando la segmentación clásica y el valor léxico de ∑ como s, quizás ḿske escondiera
la fórmula de la pedatura y la cifra final del locus cuadrado fuera 48 (IISSL) siendo en este caso,
probablemente, ke la unidad de longitud ibérica equivalente al pedes romano.
En lo referente a la plausibilidad de las cifras identificadas como dimensiones, normalmente las medidas
in fronte, superan a las in agro en la mayor parte de los casos (Vaquerizo y Sánchez, 2008: 115), aunque son
semejantes. Aun así, hay excepciones como la de Castro del Río (Córdoba, CIL II2/5, 403) de 225 x 150 o
la de Cabra (Córdoba, CIL II2/5, 324) de 18 x 50. Aunque las dimensiones del locum no suelen superar los
20 pies (Vaquerizo y Sánchez, 2008: 114, fig. 7), esporádicamente hay ejemplos de superficies mayores,
como la de la inscripción de Nueva Carteya (CIL II2/5, 351; fig. 7.5) de 120 pies de lado o la ya indicada de
Castro del Río de 225 x 150. Además, quizás en la inscripción ibérica la unidad de longitud empleada fuese
una específicamente ibérica que generase números mayores. En todo caso, el hecho de encontrarse la estela
de Sinarcas en una zona rural, favorecería que el espacio de la tumba fuera más extenso que si fuera en una
zona urbana (Vaquerizo y Sánchez, 2008: 116).
En conclusión, de las cinco alternativas analizadas, la primera opción parece la menos problemática; no
obstante, ninguna de ellas produce resultados totalmente compatibles con los de las fórmulas latinas. Por lo
tanto, parece prudente esperar a que nuevas inscripciones arrojen algo más de luz sobre esta expresión para
confirmar que esta es la vía correcta.
beŕbeinari: Normalmente se interpreta beŕbeinar como nombre de persona (cf. Moncunill y Velaza,
2019: 169). En todo caso, su interpretación debería ser la misma que la de koloiteḳaŕi al preceder ambos
elementos a eukiar, quizás con un posible morfema i al final.
eukiar: Este elemento aparece por duplicado en esta inscripción. La individualización de este elemento
es conflictiva, aunque eukiar es la segmentación clásica (cf. Silgo, 2016: 221; Rodríguez Ramos, 2000: 8;
Ferrer i Jané y Escrivà, 2015: 150), otros prefieren ieukiar (Untermann, 1990: F.14.1; De Hoz, 2001: 60;
Moncunill y Velaza, 2019: 169 y 298). En este último caso los onomásticos previos quedarían reducidos a
beŕbeinar i koloiteḳaŕ. No obstante, todos los paralelos disponibles apuntan a que la raíz de este elemento
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debería ser euki: eukin en un fragmento de ánfora (B.15.1) de Les Soleies (Collbató); eugi en el colgante
de plomo supuestamente de Llíria (Ferrer i Jané y Escrivà, 2015: 150); así como en la forma euker en la
fusayola de Palamós (GI.20.02). Una variante similar podría estar en la base de las formas, probablemente,
verbales biteukin del último plomo de Monteró (L.01.03) y bitiukin del plomo de La Palma (T.15.01).
Respecto a su función, hay cierta diversidad de pareceres, aunque la verbal es la mayoritaria, considerándose
la posibilidad de que fuese una mera variante de egiar (cf. Moncunill y Velaza, 2019: 169). Sin embargo,
a pesar de su similitud formal, no parece probable que semánticamente eukiar tenga relación con egiar,
puesto que egiar no es característico de los textos funerarios, como sería el caso de esta inscripción. Para
Untermann (1990: 512) ieukiar podría ser un apelativo, quizás aplicable a los antropónimos que les
preceden.
koloiteḳaŕi: Normalmente se interpreta koloiteḳaŕ como nombre de persona, mientras que la i final formaría
parte del elemento siguiente (cf. Moncunill y Velaza, 2019: 298). No obstante, es interesante recordar que
Caro Baroja (1949: 116-117) propuso que la i final correspondiera a la marca de dativo. Independientemente
de que sea esta la interpretación correcta en este caso, la posibilidad de que el morfo i sea una de las
formas de la marca de dativo parece plausible, teniendo en cuenta que la alternancia er/ir podría tener su
equivalente en la pareja e/i (Ferrer i Jané, 2019b: 51). Respecto de la posible interpretación de koloiteḳaŕ
como divinidad, y por extensión, también de berbeinar, cabe tener presente que el texto de la fusayola de
Palamós, en el que aparece euker, una aceptable variante de eukiar, está precedido de alorberi(borar),
que ha sido propuesto recientemente como posible divinidad al aparecer en una inscripción rupestre de Sant
Martí de Centelles en la forma alorbeŕi (Ferrer i Jané, 2021b: 94).
basibalkar: Normalmente se interpreta como un nombre de persona (cf. Moncunill y Velaza, 2019: 151).
No obstante, su segmentación respecto del siguiente elemento es problemática. Así, para Rodríguez Ramos
(2005: 260) y Faria (2006: 116) basibalkarḿbaŕ podría ser un antropónimo trimembre. Untermann (1990:
512) también contempla la posibilidad de que basi fuera un nombre de un solo formante y el segundo
antropónimo fuera balkarḿbaŕ. Otra posibilidad que considerar, teniendo en cuenta que balkar es un
claro nombre de divinidad (Ferrer i Jané, 2019a: 49), es que algún compuesto, como podría ser basibalkar,
también hiciera referencia a la divinidad. En todo caso, el uso del nombre de una divinidad en nombres
personales también es posible.
4.3. Interpretación
El encabezado es la sección más más destacada del texto, tanto por posición como por altura y grosor de los
signos, siendo la primera en ser leíble al acercarse al monumento. Probablemente, constara de una fórmula
abreviada combinando con una o varias expresiones metrológicas. De las interpretaciones propuestas, la
pedatura parece la más probable de acuerdo con los paralelos latinos.
El texto principal puede ser dividido en dos secciones (tabla 1), si aceptamos que no hay signos perdidos
al final de la segunda línea y que simplemente se trata de un espacio exento que no ha sido utilizado, dando
por acabado un primer mensaje y pasando a la siguiente línea para empezar un segundo mensaje (Silgo,
2001: 18). Además, este espacio coincide con el fin de la parte más regular de la inscripción (S1), que,
con variantes, encaja en los esquemas ya conocidos de otras inscripciones ibéricas en estelas funerarias.
El resto del texto formaría la segunda sección (S2). A su vez, si consideramos que el elemento ḿi también
está estructurando el texto en oraciones, la primera sección estaría formada por dos oraciones (O1 y O2)
y la segunda por tres (O3, O4 y O5) o cuatro, si detrás de eukiar hubiera un ḿi elidido (O4a), de forma
que seltarbanḿi formara otra oración (O4b) idéntica a O2. No obstante, para Moncunill (2017: 152)
se repetirían tres esquemas del tipo OSV(O), sin considerar significativo el espacio exento al final de la
segunda línea.
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Nuevas miradas a la estela de Sinarcas
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Tabla 1. Estructura propuesta del texto principal.
Sección
1
2
Oración
1
2
3
4a
4b
5
Onomástico
baisetaś
iḻ[du]taś
katuekaś
beŕbeinar
koloite/ḳaŕ
basibalkar
i
i
i
Nombre/verbo
eba[n
en
e]/n
seltar
ban
seltar
ban
seltar
ban/
eukiạ/[r]
eukiar
ḿbaŕ
ḿi
ḿi
ḿi/
ḿi
ḿi
ḿi
En todo caso, las dos primeras líneas del texto, junto con la última, encajan dentro del esquema de texto
funerario que se desprende de otras inscripciones ibéricas y de los paralelos con otras epigrafías coetáneas.
Las tres alternativas principales de interpretación son las siguientes:
- En el caso de que ebanen fuese la marca de filiación (Siles, 1986: 39-40; Velaza, 1994: 144; 2004:
203; De Hoz, 2011: 293-294), el difunto podría ser baisetaś ildutaś, siendo en este caso quizás basibalkar
el responsable de la dedicación (ḿbaŕ) de la tumba (seltar).
- En el caso que ebanen fuese un verbo equivalente al latín coeravit (Untermann, 1990: 512; Rodríguez
Ramos, 2005: 259), el responsable de la dedicación podría ser baisetaś ildutaś, con filiación indicada por
yuxtaposición, mientras que basibalkar ḿbaŕ podría ser el difunto, probablemente también con filiación
indicada por yuxtaposición.
- Cabe también la posibilidad de una interpretación híbrida, en la que baisetaś sea el difunto, ildutaś el
responsable de la dedicación (ebanen) y la acción expresada por (ḿbaŕ) y ejecutada por basibalkar sea
otra distinta.
Así, para De Hoz (2001b: 60; 2011: 284 y 322) la interpretación de la secuencia inicial sería algo como:
‘Esta (es) de Baisetas, hijo de Ildutas. Esta (es) su tumba’. Para Rodríguez Ramos (2005: 259) esta parte
podría traducirse como ‘De Baisetas hijo de Ildutas, su monumento’, si ebanen fuese la marca de filiación.
La traducción de Silgo (2001: 16) sería ‘De Baisetas, Ildutas curó de hacerlo, la tumba’ en la hipótesis de
que ebanen fuera coeravit.
El resto del texto presenta no solo dudas de interpretación, sino también de segmentación, dado que
a la ausencia de separadores se une la falta de elementos familiares. En esta última sección se intercalan
diversos posibles onomásticos beŕbeinar, katuẹkaś i koloiteḳaŕ, siendo la clave de su interpretación el
elemento eukiạr para el que mayoritariamente se le supone un carácter verbal, pero del que poco se puede
decir, puesto que solo aparece en este texto y quizás en la forma euker en la inscripción de la fusayola
de Palamós, probablemente de contenido religioso / votivo. Si fuera correcto este paralelo, además del
contenido estrictamente funerario, quizás el texto contase con alguna referencia religiosa adicional.
5. EL YACIMIENTO DE POZO VIEJO
Como se ha indicado al comienzo de este trabajo, la estela apareció en el paraje conocido como del Pozo
Viejo, en una zona cercana al casco urbano de Sinarcas. El terreno presenta un ligero desnivel y está
dedicado principalmente a huerta y cultivo del cereal. El yacimiento está fichado en el registro de la
Dirección General de Cultura y Patrimonio de la Generalitat Valenciana con este nombre. Todavía podemos
observar restos de piedras de sillería reutilizados en las hormas.
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D. Quixal Santos, J. Ferrer i Jané y P. Iranzo Viana
Las primeras noticias que tenemos de este emplazamiento son del que fuera secretario del Ayuntamiento
de Sinarcas, José Martí Cervera, quien en su trabajo de 1916, Antecedentes Históricos de Sinarcas,
menciona el hallazgo de restos arqueológicos en este paraje de la siguiente manera: «... esta población era
muy importante y tenía un curso por lo menos de 1000 vecinos si se tiene en cuenta los restos entresacados
en la parte norte de la población y proximidades del Pozo Viejo, entonces se construirían las defensas de los
dos cerros [Carpio y San Cristóbal]».
El erudito Francisco Martínez y Martínez, vinculado a la comarca por su propiedad de la Casa Doñana
de Caudete de las Fuentes, dedicó varias páginas a Sinarcas en el periódico Las Provincias en 1934, pocos
años antes del hallazgo de la estela. Centrando su descripción en otros yacimientos de la zona, únicamente
habla de que “En la parte norte del pueblo de Sinarcas, a la falda del cerritillo en donde se asienta, ya
en el llano, se encuentra el pozo que antaño abastecía de agua a aquellos vecinos”, sin indicar hallazgo
arqueológico alguno (Martínez y Martínez, 1935). Pasaron años hasta que Pío Beltrán Villagrasa en el año
1947 diese a conocer en el Boletín de la Real Academia Española el hallazgo y estudio de la estela ibérica
de Sinarcas, mencionando este yacimiento como el lugar donde se encontró.
Además de la estela, a lo largo del tiempo se han hallado más restos arqueológicos en superficie (Iranzo,
1989 y 2004). A mediados de la década de los años veinte del siglo pasado, al construir una bodega a pocos
metros más arriba del punto en el que apareció la estela, el vecino de Sinarcas Juan Pérez Pérez localizó
un número importante de urnas cinerarias y monedas. También se tiene constancia de que, a principios
del siglo XXI, cuando unos operarios municipales excavaban una zanja para arreglar una avería en la
tubería general que portaba el agua del manantial de Ranera, aparecieron varios recipientes cerámicos de
un tamaño considerable a una profundidad de algo más de un metro. Lamentablemente fueron destruidos,
en parte, y se volvieron a enterrar.
Tras la estela, quizás el hallazgo conservado más reseñable es el de una terracota con forma de équido
(fig. 8). Tiene 10 cm de longitud, con una anchura de 4 cm en la parte dorsal-ventral. Todas sus extremidades
están fracturadas en mayor o menor medida, con 6 cm de altura máxima conservada, y de la cola apenas se
diferencia su arranque. La cabeza, muy esquematizada, presenta una característica forma pendiente, en la
cual se han modelado dos pequeñas protuberancias para presumiblemente marcar las orejas. De Sinarcas
proceden otras terracotas o piezas cerámicas con decoración zoomorfa (Quixal, 2018), algunas de ellas
también con forma de équidos (Iranzo, 2004, 89-91).
De Pozo Viejo provienen igualmente varias pesas de telar, incluida una con letras latinas, y cuatro
fragmentos de terra sigillata gálica (Montesinos, 1993 y 1994-1995), entre los que destaca una base de
copa con sello VITA--. Vitalis de La Graufesenque, del periodo Claudio-Domiciano (41-96 d.C.). Los
hallazgos monetarios de los que se tiene constancia en este yacimiento son dos ases de Kelse, un denario de
Bolskan y un denario romano republicano.
Fig. 8. Terracota con forma de équido localizada en Pozo Viejo. Long. máxima: 10 cm. Vista lateral de ambas caras (1)
y vista oblicua (2).
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1
2
3
0
5 cm
Fig. 9. Materiales cerámicos de Pozo Viejo,
depositados en el Museu de Prehistòria
de València.
Fue prospectado por Consuelo Mata dentro del proyecto de investigación del territorio de Kelin en
1992, localizando escasos fragmentos cerámicos, entre los que se puede identificar una tinaja (fig. 9.1),
un lebes (fig. 9.2) y un jarro de forma tardía (fig. 9.3). Posteriormente, fue visitado por uno de nosotros en
2010 en el marco de una tesis doctoral sobre la romanización en la comarca (Quixal, 2013), sin hallar ya
apenas material arqueológico en superficie. Por lo tanto, a nivel cronológico abarcaría tanto la época ibérica
final como la romana altoimperial, desde el siglo II a.C. al II d.C., sin poder determinar bien cuándo serían
los primeros momentos. Por los materiales aparecidos hay poca duda de que se trataría de una necrópolis,
sin poder descartar que hubiese algún tipo de instalación adicional. Se ha relacionado con los cercanos
poblados del Cerro de San Cristóbal y del Cerro Carpio, de los que constituye parte de su piedemonte,
si bien queda un tanto distante (unos 1.700 m en ambos casos). No obstante, el hecho de que tanto el
Cerro Carpio como la necrópolis de Pozo Viejo estuviesen en funcionamiento en el momento en el que
tradicionalmente se fecha la estela (mediados del siglo I a.C.) y ambos perdurasen tras el cambio de era,
hace muy plausible esta asociación.
Al hablar de este yacimiento no podemos dejar pasar por alto la confusión que existió al asignar al
Pozo Viejo el hallazgo de tres inscripciones latinas que el propio Pío Beltrán situaba en el mismo lugar
(Beltrán, 1947: 248). El error en su localización pudo estar motivado porque antes de ser trasladadas a la
localidad, donde están hoy en día, durante mucho tiempo dos de ellas se utilizaron en la construcción de
un padrón que albergaba un azulejo con la imagen de la Virgen de Tejeda, situado al lado del camino de
la Cuesta del Pozo. Tal y como describía el citado Francisco Martínez y Martínez “...inmediato a aquel
pozo (Pozo Viejo) se halla un peirón que sostiene un azulejo con la imagen de la Virgen de Tejeda y
una cruz de hierro en lo alto; el fuste está formado por dos lápidas romanas, de las que daremos cuenta
cuando encontremos las traspapeladas notas que tomamos ha ya años” (Martínez y Martínez, 1935). Más
tarde, el cronista de Sinarcas, Eliseo Palomares, indicó que el hallazgo de estas inscripciones había que
ubicarlo en la Cañada del Pozuelo, en las faldas del Cerro de San Cristóbal (Palomares, 1966: 241-242).
Posteriormente este mismo autor (Palomares, 1981: 16-17), sin hacer referencia a lo publicado antes,
volvió a situar el hallazgo de estas inscripciones en el Pozo Viejo, dando otra fecha distinta de cuando
fueron encontradas. No sabemos las razones que le llevaron a dar estas noticias contradictorias. Por
nuestra parte, después de indagar durante un tiempo, podemos afirmar que el lugar donde fueron hallados
estos restos arqueológicos fue la Cañada del Pozuelo (Iranzo, 2019: 60-62). Las consultas realizadas a
los familiares de los propietarios de los terrenos donde se mencionan estos hallazgos así lo confirman.
Además, en la edición de la mañana del periódico madrileño La Discusión, de fecha 5 de abril de 1857,
aparece un escrito remitido desde la población de Titaguas en el que se explica minuciosamente el
descubrimiento, el proceso de recuperación de las piezas y se da a conocer el contenido del texto inscrito
en las mismas.
Trabajando un labrador del pueblo de Sinarcas con el azadón para reducir á cultiyo un pedazo de terreno de
una heredad que posee en la cañada del Pozuelo, descubrió una piedra labrada con letras, que le llamó la
atencion, y le animó á profundizar su trabajo ó escavacion, que le dio por resultado el descubrimiento de otra
piedra mas grande, también con letras, y que á duras penas con ayuda de dos hombres mas logró desenterrar: y
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aunque descubrió también el borde de otra tercer piedra igualmente labrada, y quiso sacarla, solo consiguió el
convencerse de que tenia letras y de que era mas grande que las primeras, y se la dejó enterrada.
En este estado las cosas, fui ya á Sinarcas; y enterado del descubrimiento, que era ya público y llamaba
la atención de aquellos naturales, vi la primera piedra que ya tenia en su casa el propietario descubridor: me
constituí en la cañada del Pozuelo, encontré al aire libre la secunda piedra, y descubrí como un medio palmo del
borde de la tercera, todavía enterrada, pero conocí claramente que estaba labrada y que tenia letras. Ya puede
Vd. conocer que, aunque simple lugareño y sin conocimientos, trataría de hacer algo mas que los inocentes
sinarqueños: y en efecto, busqué siete hombres esforzados, entre ellos un albañil, y armados de gruesas y largas
palancas, sogas y azadones, que colocamos en un carro, me constituí de nuevo en la cañada del Pozuelo, y
logré sacar la indicada tercer piedra, que era mas grande que la segunda, que todavía se hallaba en aquel sitio, y
con mas letras, pero que apenas podían distinguirse, porqué la tierra que las cubría se hallaba poco menos que
petrificada. Gasté, pues, en limpiarlas el vino que habla llevado para los operarios por no haber agua en aquel
terreno, frotándolas con ramas de sabina para no lastimarlas, y logré, á fuerza de trabajo y constancia, dejarlas
tan limpias como era menester para copiar hasta los signos de puntuación…
Por último, repito que la primera piedra señalada como tal en la copia la tiene el propietario en su casa,
y la segunda y la tercera se hallan en la cañada del Pozuelo, porque se creyó que se romperían en el carro
conduciéndolas.
Esa primera inscripción, que pasó a la vivienda del propietario, es la que hoy está desaparecida. Las
otras dos finalmente fueron trasladadas al Pozo Viejo para servir de adorno a la imagen de la Virgen de
Tejeda.
Después de la publicación de la noticia en 1857, Buenaventura Hernández Sanahuja, director del
Museo de Arqueología de Tarragona y colaborador del Corpus Inscriptiorum Latinorum que coordinaba el
prestigioso epigrafista Emil Hübner, visitó Sinarcas para proceder a su documentación de cara a incluirlas
en el segundo volumen del CIL, editado en 1869 (Abascal, 2014). Varias décadas después, en 1890, Antonio
Pérez García, un erudito requenense, informó a la Real Academia de la Historia sobre el estado de las
mismas. Ya se había perdido el rastro de la primera inscripción mencionada, siendo en vano cualquier
intento de poder recuperarla.
Parece evidente que estas inscripciones formarían parte de algún tipo de monumento o área familiar.
De hecho, la segunda y la tercera tienen elementos que permiten su unión en vertical, es decir, colocada
una encima de la otra. De las tres inscripciones, estas dos conservadas estaban vinculadas claramente a un
mismo personaje, conocido como Marco Horacio Mercurial, que viviría a caballo entre los siglos I y II d.C.
(tabla 2). En una aparece como dedicante del monumento a Junia Cupita (CIL II 4451; IRPV IV 198: 246248) y en otra como el propio difunto que recibe sepultura y dedicatoria por parte de su esposa, Fabricia
Serana (CIL II 4449; IRPV IV 194: 245-246). Hoy en día se encuentran en el Museo del Cereal de Sinarcas,
un espacio municipal que bien podría albergar una colección museográfica local en el futuro (fig. 10). La
primera inscripción, de la que por desgracia se desconoce su paradero, estaba dedicada a Lucio Horacio
Viseradin, hijo de Marco (CIL II 4450; IRPV IV 195: 246).
El cognomen Viseradin (BDHesp: Onom.4749) solo aparece en esta inscripción de Sinarcas (Albertos,
1966: 253; Abascal, 1994: 547) y es un antropónimo de origen ibérico (Simón, 2020: 82 y 156). Se data
como la inscripción más antigua de las tres, del siglo I d.C. La coincidencia del nomen Horacio, junto con el
praenomen Marco de su padre, y el hallazgo simultáneo de las tres inscripciones en el mismo lugar plantean
la posibilidad de que todos fuesen miembros de una misma familia, sin poder determinar si generaciones
consecutivas o no. De esta forma, al menos dos inscripciones de la Cañada del Pozuelo tendrían vinculación
directa con Marco Horacio Mercurial, más una tercera, la más antigua, de forma hipotética. Por otro lado, se
ha planteado que los nomina Serana y Cupita también serían más frecuentes en ámbitos donde el elemento
indígena tuviese un fuerte peso (Abascal, 1994: 504-505; Martínez Valle, 2019: 267 y 2022: 32).
Cerca del Pozo Viejo está el Pozo el Piojo, donde se halló un sillar reutilizado en un bancal en el que
había un falo esculpido, así como un as de Castulo. La escasa distancia entre ambos puntos (unos 150 m)
hacen muy probable que se trate de un mismo yacimiento. En la Cañada del Pozuelo se localizó una pieza
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Nuevas miradas a la estela de Sinarcas
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Tabla 2. Inscripciones latinas de la Cañada del Pozuelo, según Corell, 2008.
Ref. CIL
CIL 4449
Inscripción
Traducción
L(VCIVS) · HORATIVS · M(ARCI)
Lucio Horacio Viseradin, hijo de
Marco, aquí está sepultado
F(ILIVS) · VISERADIN
H(IC) · S(ITVS) · E(ST)
CIL 4450
IVNIA CVPITA
H(IC) · S(ITA) · E(ST) · AN(NORUM) · LV
[M(ARCUS?) H(ORATIUS) MER(CURIALIS) · ET L(ICINIA) · LIMPHI-
Junia Cupita, de 55 años, aquí
está sepultada. Marco Horacio
Mercurial y Licinia Limfidia, a sus
expensas. Que la tierra te sea leve.
DIA· S(VA) · P(ECVNIA) · S(IT) · (IBI) · T(ERRA) · L(EVIS)
CIL 4451
M(ARCO) · HORATIO
MERCVRIALI
AN(NORVM) · LIIX · FABRI-
A Marco Mercurial, de 58 años.
Fabricia Serana, a su marido
indulgentísimo.
CIA · SERANA ·
MARITO · INDVLGENTISSIMO
Fig. 10. Inscripciones latinas de la Cañada
del Pozuelo (Museo del Cereal de Sinarcas).
similar (Iranzo, 2004: 124-125), que se puede sumar a los ejemplares hallados en las villas romanas del
Barrio de los Tunos (Requena, Valencia) y La Solana (Utiel, Valencia). Estas representaciones, bastante
frecuentes en época romana, eran símbolos de fertilidad, protección y buena fortuna, vinculables en zonas
agrarias a Liber Pater, divinidad asociada con el vino (Del Hoyo y Vázquez Hoys, 1996; López Velasco,
2007-2008; Martínez Valle, 2020).
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6. MUNDO FUNERARIO Y CAMBIO CULTURAL
La estela de Sinarcas señalaría la localización de una tumba establecida probablemente a lo largo del siglo I
a.C. Ya hemos visto en el análisis filológico como el epígrafe ibérico, pese a no poderse traducir y tan sólo
identificar algunos nombres y términos, puede asemejarse bastante a los modelos de inscripciones funerarias
romanas que incluyen datos como el nombre del difunto, el/los dedicantes (familiares), la pedatura, etc. El
tener dicha formulación funeraria en escritura ibérica nos muestra un sinecismo cultural entre tradiciones
ibéricas y romanas; la conjunción en un mismo objeto de diversos elementos y prácticas en el contexto del
complejo proceso de romanización (Quixal, 2015: 191-192).
La estela es un elemento presente en las tradiciones funerarias de la mayoría de las culturas mediterráneas
antiguas, entre ellas la ibérica. Inicialmente sigue los modelos de la plástica indígena (aspecto antropomorfo,
anepigráfica y decorada) (Izquierdo y Arasa, 1998), pero a partir del contacto con los romanos irá
simplificándose y asemejándose a las estelas romanas en forma, estilo y formulación epigráfica, aunque en
lengua propia (Arasa, 1989; Mayer y Velaza, 1993). Que la estela tenga una cabecera con forma redondeada
es un rasgo que la aproxima formalmente a las estelas romanas (Arasa, 1994-1995: 93; Izquierdo y Arasa,
1999: 289), pues eran muy frecuentes en ámbito itálico en época tardorrepublicana (Schlüter, 1998). En
cuanto a forma, su paralelo ibérico más semejante es la estela de Guissona (Guitart et al., 1996; Izquierdo
y Arasa, 1999: 289). Aunque para esta estela se ha llegado a plantear una datación de época augustea en
base exclusivamente en su tipología (Pera, 2003: 250), los datos estratigráficos apuntan a que debería ser
anterior, puesto que procede del interior del casco urbano de Iesso, pero de un nivel estratigráfico anterior
a las viviendas romanas (Pera, 2005: nota 12; Ferrer i Jané, 2018: 323). También existe otro paralelo,
desaparecido, en Sagunt (Izquierdo y Arasa, 1999: 286-291), aunque su cabecera sería más apuntada.
Para Velaza (2018: 176), la estela de Sinarcas es justamente la culminación de este proceso evolutivo
en la ejecución de las estelas ibéricas, por su cabecera semicircular y la desaparición de la decoración, a la
que habría que añadir el anteriormente comentado posible uso de la pedatura y de unidades substractivas.
De hecho, para algunos autores, en la epigrafía latina republicana este tipo de cabeceras semicirculares
quedaban reservadas para termini destinados a delimitar el área sepulcral (Díaz Ariño, 2008: 68), lo que
concordaría con el uso de la pedatura en la estela sinarqueña.
Durante los dos siglos del periodo republicano en suelo peninsular, las poblaciones ibéricas generaron
una extensa epigrafía en lengua propia, influenciada por modelos latinos, lo que quizás explica, al mismo
tiempo, la escasez de epigrafía funeraria latina en ese momento (Díaz Ariño, 2008: 64). Estas piezas
constituyen una etapa intermedia hacia la tradición romana de señalizar la tumba mediante el establecimiento
de una piedra marcadora escrita, que la sociedad ibérica ha reinterpretado incorporando la inscripción con
su propio signario (Arasa, 1994-1995: 93). El debate gira en torno a si dicho contacto generaría el uso de
la escritura en contextos funerarios ibéricos (Velaza, 1996) o si simplemente aceleraría una tradición ya
presente (De Hoz, 1995), dentro de un marco general de expansión de la escritura en época helenística. De
un modo u otro, parece aceptada la visión de estelas como la de Sinarcas como un excelente ejemplo del
proceso de cambio lingüístico que están viviendo las élites locales por tal de, entre otros aspectos, mantener
su estatus y poder dentro del aparato romano, pero con una fuerte pervivencia del uso del signario propio
en fechas avanzadas.
Desde hace décadas se asume que las relaciones de patronazgo o clientela establecidas entre las élites
indígenas y las nuevas autoridades romanas fueron un importante motor en el cambio social y cultural
de la época (Slofstra, 1983). Reconocidos investigadores desde finales del siglo pasado otorgaron un
peso sustancial a las acciones de los indígenas en esos contextos, bajo el signo de la emulation (Woolf,
1998) o directamente la self-romanization (Millet, 1990). El que toda una serie de “imposiciones”
culturales como la lengua, la vestimenta o la religión estuviesen, en muchas ocasiones, promovidas
consciente o inconscientemente por las propias élites locales para aproximarse a las foráneas y, de esta
forma, asegurar así el mantenimiento de su poder. Posteriormente, en el seno de la teoría postcolonial
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aplicada a la arqueología, se ha generado un extenso debate sobre el uso de conceptos como hybridism
y hybridization que se oponen a las lecturas binarias de dominadores vs dominados en los complejos
escenarios coloniales o en momentos de contacto cultural a raíz de una conquista (cf. Van Dommelen,
2006 y 2011; Vives-Ferrándiz, 2008; Stockhammer, 2012: 43-58; Knapp y Van Dommelen, 2014: 250;
Beck, 2020). El resultado de estos encuentros sería una cultura material híbrida en la cual resulta tan
difícil hallar objetos inequívocamente romanos, como estrictamente indígenas; los llamados “terceros
espacios” (Jiménez, 2008: 49 y 2011).
La estela de Sinarcas y su contexto histórico y cultural pueden leerse bien dentro de esta problemática,
sin poder especificar más por el momento. Desgraciadamente desconocemos si la tumba que señalizaba
la estela incluía un tratamiento del cadáver de inhumación o era una deposición en urna de los restos
cremados. Tampoco nos han llegado los ajuares que acompañaban al difunto, en el caso de haberlos, o los
ritos que se hubiesen podido desarrollar en el momento de la muerte o a lo largo del tiempo; aspectos que
sin duda enriquecerían aún más la lectura de la pieza. No obstante, en el mismo yacimiento sí que se tiene
noticia del hallazgo de urnas cinerarias de factura ibérica. Todo esto en un territorio, el de Kelin, con un
pobre registro arqueológico funerario de época ibérica, con apenas necrópolis identificadas, de las cuales
tan sólo se han podido recuperar algunos enterramientos aislados. No existe, ni en este territorio ni en los
de alrededor, ninguna pieza que se pueda asemejar a la aquí tratada, ni se conocen elementos señalizadores
de tumbas para ninguna de las fases ibéricas precedentes.
Pese a todo, Pozo Viejo y la estela están mostrándonos una compleja situación de interacción de culturas
y tradiciones durante el siglo I a.C. Enlazando con lo expuesto anteriormente, se palpa la existencia de un
“tercer espacio”, justo en una de las zonas más singulares de toda la comarca: el campo de Sinarcas. En
esos momentos finales de la República romana, las identidades eran múltiples y cambiantes; parafraseando
a David Mattingly (2004), se constituían “identidades calidoscópicas”, superando las simples etiquetas de
“iberos” y “romanos”.
7. TERRITORIO Y METALURGIA TRAS LA CONQUISTA ROMANA
En numerosos trabajos previos se ha desarrollado la cuestión del poblamiento ibérico en la Meseta de
Requena-Utiel (Mata et al., 2001; Moreno, 2011; Quixal, 2015; Moreno et al., 2019). En todos ellos se
establece la existencia de un proceso de territorialización en torno a la ciudad ibérica sita en Los Villares
(Caudete de las Fuentes, Valencia), identificada a partir de la numismática como Kelin (Ripollès, 1979), al
menos desde el siglo V a.C. El asentamiento, en posición central, con una larga diacronía (ss. VII-I a.C.),
una considerable extensión (10 ha) y concentración de bienes de prestigio (Mata, 1991 y 2019), se situaría
en la cúspide de un territorio organizado y estructurado con diferentes escalas y categorías de núcleos, tanto
de hábitat como productivos, comerciales y cultuales. Al mismo tiempo, se ha defendido que el territorio
íntegro se puede desgajar en porciones más pequeñas, subáreas que parecen tener cierta unidad, donde el
poblamiento sateliza en torno a algún tipo de poblado fortificado de segundo orden.
Este es el caso, entre otros, del Campo de Sinarcas donde se ubica la necrópolis de Pozo Viejo, una
zona rica arqueológicamente y difícil de interpretar por la propia complejidad cultural que lleva aparejada,
dado su carácter liminal entre las áreas ibérica y celtibérica (Quixal, 2015: 202-203). El poblamiento parece
estar polarizado por el Cerro de San Cristóbal (fig. 11.1), uno de los poblados fortificados más importantes
del territorio de Kelin, en el cual no se han realizado excavaciones arqueológicas, pero sí hallazgos de
importancia (Martínez García, 1986; Iranzo, 2004: 171-177; Quixal, 2015: 95-96).
Precisamente, de niveles superficiales de este poblado procede una segunda inscripción ibérica de
Sinarcas, realizada antes de la cocción en la pared exterior de una pequeña vasija de cerámica ibérica. Fue
estudiada por Domingo Fletcher en 1987 y todavía permanece en manos de particulares (Martínez e Iranzo,
1987 a y b; Iranzo, 2004: 80-82) (fig. 12). Su lectura es ]+keilduar[, probablemente dual, por la presencia
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de una variante supercompleja de ke (Ferrer i Jané, 2019b: 30-31), similar a la usada en uno de los plomos
de Los Villares / Kelin (BDH V.07.02). En este caso, el segundo trazo es curvilíneo y dobla perfectamente
al primero, mientras que en el plomo de Los Villares el segundo trazo también es curvilíneo, pero de menor
tamaño y se orienta hacia el exterior. La variante de esta nueva inscripción sería la protoforma de la que
derivaría la variante usada en la falcata de Torres-Torres (BDH V.22.01). Aunque en el estudio original se
identifica el primer signo fragmentado como un signo ka, probablemente se trate de un signo MLH III ki5
complejo, ]kikeilduar[. Aunque quizás pudiera ser también el signo â, confundido tradicionalmente como
ka7 o e7 y característico de la actual zona valenciana, presente por ejemplo en aidulâku en un recipiente
pintado de Llíria (BDH V.16.015). Este signo sigue (casi) siempre al signo l, por lo que se podría reconstruir
][l]âkeilduar[. En cualquiera de las dos alternativas, el elemento ildu, bien conocido de antropónimos y
topónimos (Untermann, 1990: nº 62; Rodríguez Ramos, 2014: nº 66), permite identificar un nombre de
persona: [l]âkeildu, con una posible variante del familiar lake (Untermann, 1990: nº 82; Rodríguez Ramos,
2014: nº 93) o, menos probablemente, kikeildu, con un poco habitual kike, quizás presente en kikebuŕ en
el plomo greco-ibérico de Coimbra del Barranco Ancho (MU.01.01), leído kukebuŕ, aunque sikebuŕ parece
mejor lectura. En cualquier caso, todo apunta a un esquema NP + ar, con el morfo ar, como posible marca
de genitivo (cf. Moncunill y Velaza, 2019), típico de las inscripciones de propiedad, aunque el hecho de que
sea una inscripción previa a la cocción permitiría esperar un mensaje más complejo, que la fragmentación
impide confirmar.
El área vive una peculiar realidad poblacional después de la conquista romana, ya que al Cerro de
San Cristóbal le surge un “vecino” de semejantes características en la montaña de al lado, el Cerro
Carpio (fig. 11.1 y fig. 13). Una peculiar bicefalia por la coexistencia de dos núcleos similares, en la que
el Carpio parece tener un carácter militar más especializado, con una mejor visibilidad y un sistema de
Fig. 11. 1: Vista de los cerros parejos Carpio (izq.) y San Cristóbal (der.), con la actual población de Sinarcas a sus pies.
2: Entrada a la Mina de Tuéjar. 3: Fosa con escorias de reducción de Los Chotiles, excavación de 2017. 4: Recipiente
cerámico con decoración impresa e incisa del Cerro de San Cristóbal (Museo de Buñol; Gómez Morillas, 2021: 36-37).
5 y 6: Recipientes con decoración impresa e incisa del Cerro de San Cristóbal (Iranzo, 2004: 61 y 96). 7: Escorias de
reducción recuperadas en la excavación de Los Chotiles.
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Fig. 12. Dibujo de la inscripción sobre cerámica
por parte de Domingo Fletcher en la década de
los ochenta del siglo pasado (recogido en Iranzo,
2004) y fotografía actual de la misma.
fortificaciones más allá de la propia muela natural. En ocasiones se ha planteado una posible sustitución
de un poblado por otro, pero el estudio de sus materiales nos muestra que coexistieron. En el entorno
sinarqueño, también en época tardía, se da la fundación de Punto de Agua (Benagéber, Valencia), una
atalaya provista de un torreón y un foso (Lorrio, 2012: 71-74), juntamente con una necrópolis (Martínez
García, 1988), que surgiría justo en el momento en el que los estudios territoriales muestran la casi total
desaparición de las atalayas (Quixal, 2015: 202-203). Por lo tanto, a falta de excavaciones que confirmen
los datos obtenidos por prospección, tendríamos dos fundaciones ex nihilo de asentamientos fortificados
después de la conquista romana, sin que ello suponga el abandono del poblado central, el Cerro de San
Cristóbal, hasta comienzos del siglo I a.C. El Cerro Carpio perdurará, como hemos dicho anteriormente,
hasta época altoimperial.
El patrón de asentamiento se completa en el llano por multitud de asentamientos rurales con carácter
estable, así como instalaciones productivas como el horno cerámico de La Maralaga (Lozano, 2006) y el
que probablemente existiese en El Carrascal (fig. 13). La zona parece tener personalidad propia, visible
en la producción especializada de cerámicas con una característica decoración impresa e incisa (fig. 11.4
a 11.6 y 12), cuyo radio de exportación supera el ámbito regional (Valor et al., 2005; Quixal, 2015: 150151). A diferencia de lo que ocurre como tónica general en la Meseta de Requena-Utiel, hay continuidad
poblacional entre época ibérica y romana en muchos de los núcleos, incluso tras la fractura de inicios del
siglo I a.C. en el marco de las guerras sertorianas.
Pensamos que no es casualidad que todas esas dinámicas poblacionales se den en la orla septentrional
del territorio de Kelin, sino que están directamente en relación con alguna necesidad o interés del nuevo
contexto generado tras la conquista romana. Detrás de toda esta realidad se palpan claras estrategias
territoriales en pro de un desarrollo económico ligado a la explotación minero-metalúrgica, presente ya en
fases anteriores, pero cuyo auge se situaría en este momento (Quixal, 2020). El Ibérico Final es una de las
fases más relevantes en cuanto a metalurgia en la comarca y esta zona es, sin duda, la mayor protagonista.
Allí se han documentado hornos metalúrgicos como el de La Maralaga (Lozano, 2006: 135) o estructuras
vinculadas con la reducción del mineral de hierro como en Los Chotiles1 (Quixal, 2022) (fig. 11.3 y 11.7),
llegando a constituir auténticos escoriales como sucede en el Campo de Herrerías (Mata et al., 2009).
En el Cerro de San Cristóbal se han recuperado toberas y escorias de forja, que indicarían que la última
fase del proceso de transformación siderúrgica se realizaría en los asentamientos principales. Toda gira en
1
Los Chotiles ha sido objeto de una excavación arqueológica en 2017, integrada en el programa anual de actuaciones del Museu de
Prehistòria de València, bajo la codirección de Consuelo Mata y David Quixal. Posteriormente, en 2021 se realizó una prospección
geomagnética dentro del proyecto GEOIBERS (AICO2020/250). El conjunto continúa en proceso de estudio, sin descartar la
posibilidad de acometer nuevas actuaciones en el futuro.
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Fig. 13. Mapa de la zona de estudio, al norte del territorio de Kelin, en los siglos II-I a.C.
torno a la existencia de una importante mina histórica de hierro en el cercano término de Tuéjar, explotada
según nuestro parecer desde este territorio (fig. 11.2), más la posible existencia de otras vetas o puntos de
extracción superficial.
En época imperial, ningún asentamiento sobresale con claridad por encima del resto, a excepción quizás
de El Carrascal. No obstante, hay hallazgos significativos en diversos yacimientos que inducen a pensar
en la existencia de alguna villae o incluso algún asentamiento rural concentrado tipo vicus. Además, hay
múltiples núcleos estables, en muchos casos con continuidad desde época ibérica.
8. CONCLUSIONES
En la necrópolis de Pozo Viejo, a través de la estela de Sinarcas, vemos como en el siglo I a.C. un personaje
pretende marcar conscientemente un estatus diferencial mediante una particular fusión de prácticas, en
la que se adoptan hábitos romanos, pero manteniendo tradiciones ibéricas resilientes. Baisetas, Baisetas
Ildutas o como se llamase realmente el difunto, se está enterrando mediante un ritual en el que se sincretizan
elementos culturales tanto ibéricos (tipo de escritura) como romanos (uso de la escritura en ámbito funerario;
señalización con estela; posible indicatio pedaturae y uso de numerales substractivos), dando lugar a una
nueva realidad. Esta singularidad genera una reflexión sobre la posibilidad de adelantar su cronología a la
segunda mitad de esa centuria, precisamente para encuadrarla mejor con los paralelos romanos hispánicos
de estelas con cabecera semicircular y uso de la pedatura, habituales a partir de época augustea.
El personaje enterrado estaría plenamente integrado en la sociedad romana, quizás, tan sólo a modo de
hipótesis, con alguna vinculación de tipo militar o en relación con la próspera explotación del hierro en
la zona. El establecimiento de redes clientelares entre las aristocracias locales y las autoridades romanas
sería clave para poder gestionar tan vastos territorios y aprovechar los recursos existentes. En Sinarcas,
el interés por la explotación del metal está haciendo más complejo, si cabe, el proceso de cambio cultural
y, probablemente, conllevaría una presencia más directa de agentes romanos. Esto podría estar también
en relación con la particular bicefalia de poblados fortificados a raíz de la fundación del Cerro Carpio,
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asentamiento al que se puede asociar esta necrópolis. Todo ello en una zona liminal, abierta a las influencias
provenientes de ámbito celtibérico tras la conquista romana. A fecha de hoy, faltan datos para poder precisar
más en todas estas problemáticas; sin embargo, consideramos que ha sido interesante enmarcar la pieza en
su contexto espacial y cultural para poder ir más allá de su mero valor epigráfico.
Una centuria, si no décadas, más tarde vemos el siguiente paso de este lento y complejo proceso en la
cercana necrópolis de la Cañada del Pozuelo, ya con un ritual funerario romano plenamente establecido.
A Marco Horacio Mercurial, un personaje importante en la zona, se le pueden vincular al menos dos
inscripciones que conformarían un monumento o área funeraria familiar. Al mismo tiempo, la presencia
de antropónimos indígenas como Viseradin puede concebirse como una reminiscencia onomástica de
las antiguas aristocracias locales, integradas en época tardorrepublicana, tal y como podría ser el difunto
homenajeado en la estela de Sinarcas.
AGRADECIMIENTOS
Este trabajo se integra dentro del proyecto “Lenguas paleohispánicas y géneros epigráficos” (PID2023-147123NBC43), financiado por MCIU/AEI/10.13039/501100011033/ FEDER, UE. Queremos mostrar nuestro agradecimiento a
Ferran Arasa, Jaime Vives-Ferrándiz y Consuelo Mata por su colaboración y asesoramiento en el proceso de elaboración de este estudio, así como al Museu de Prehistòria de València y al Ayuntamiento de Sinarcas por las facilidades
prestadas. Agradecemos también los comentarios de los revisores.
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Vol. XXXV, 2024, e7, p. 157-184
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ISSN: 0210-3230 / eISSN: 1989-0508
David QUIXAL SANTOS a, Joan FERRER I JANÉ b y Pascual IRANZO VIANA c
Nuevas miradas a la estela de Sinarcas desde
una perspectiva histórica, cultural y territorial
RESUMEN: Más de ocho décadas después de su hallazgo, la estela de Sinarcas es hoy por hoy uno
de los estandartes del Museu de Prehistòria de València y una pieza insigne de la cultura ibérica en el
ámbito valenciano. En las siguientes líneas pretendemos aportar nuevos datos sobre las circunstancias
de su hallazgo, actualizar a nivel filológico el estudio de su inscripción e insertarla en su contexto
histórico y espacial: el norte de la Meseta de Requena-Utiel, una zona donde la metalurgia parece haber
jugado un papel importante en el complejo proceso de romanización del territorio ibérico de Kelin.
PALABRAS CLAVE: Epigrafía ibérica, escritura ibérica, mundo funerario, romanización, metalurgia.
New insights on the Iberian stele of Sinarcas
from a historical, cultural and territorial perspective
ABSTRACT: More than eight decades after the finding, the stele of Sinarcas is today one of the banners
of the Museum of Prehistory of Valencia and a relevant object of the Iberian culture in Valencia. In
this paper we intend to provide new data on the circumstances of its discovery, to update the study of
its inscription at a philological level and to insert it into its historical and spatial context: North of the
Requena-Utiel Plateau, an area where the metallurgy seems to have played an important role in the
complex Romanization process of the Iberian territory of Kelin.
KEYWORDS: Iberian epigraphy, Iberian scripture, funerary world, Romanization, metallurgy.
a
b
c
Universitat de València. Dept. de Prehistòria, Arqueologia i Hª Antiga. GRAM.
david.quixal@uv.es
Universitat de Barcelona. Grup LITTERA (2021 SGR 00074).
joan.ferrer.i.jane@gmail.com
pascualiranzo@gmail.com
Recibido: 04/09/2023. Aceptado: 01/07/2024. Publicado en línea: 25/11/2024.
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1. INTRODUCCIÓN
La estela de Sinarcas es una de las muestras de epigrafía ibérica más conocidas. Ha sido tratada y analizada
por los más prestigiosos especialistas desde mediados de siglo pasado. Sin embargo, el grueso de la atención
lo ha captado casi siempre su escritura, con continuas propuestas y reinterpretaciones de su texto. Poco, o
prácticamente nada, se ha escrito más allá de eso. En el presente trabajo detallamos las circunstancias de
su hallazgo, información únicamente recogida en algunas publicaciones de índole local, añadiendo datos
inéditos y reflexionando sobre la evolución del rol de esta pieza, que ha pasado de ser un objeto desconocido
y menospreciado, a constituir un símbolo local. En segundo lugar, realizamos una actualización epigráfica
que, al mismo tiempo, permite aportar nuevas e interesantes interpretaciones. Por último, lo que constituye
el objetivo primordial de este trabajo, por primera vez se analiza pormenorizadamente el contexto en el
que se enmarca. Se describe en detalle en el yacimiento en el que apareció, Pozo Viejo, planteando su
carácter de necrópolis. Se hace un estudio diacrónico del poblamiento en el área sinarqueña, desde los
últimos momentos del territorio ibérico de Kelin (Caudete de las Fuentes, Valencia) hasta época romana
altoimperial. Y, finalmente, se inserta esta pieza en la problemática general del cambio cultural entre época
ibérica y romana, proceso que explica su singularidad, a caballo entre dos mundos.
2. LA ESTELA, AYER Y HOY
En verano de 1941, en la fase más dura de la posguerra, un vecino de Sinarcas, Alejandro Monterde
Jiménez, decidió hacer un pozo para regadío en una parcela de secano que quería transformar en huerta.
El lugar elegido fue una pequeña propiedad situada en el paraje conocido como el Pozo Viejo, a unos 150
m al noroeste de la localidad sinarqueña (fig. 1), muy próximo a donde se encuentra el Pozo Concejil, el
cual dio servicio a la población durante muchos siglos hasta la canalización de las aguas del manantial de
Ranera en 1911.
El propietario inició los trabajos de adecuación del terreno “trujillando” ⸺palabra utilizada antiguamente
en Sinarcas para la acción de desbrozar el suelo y abrirlo a una cierta profundidad, con un arado especial
que va recogiendo gran cantidad de tierra⸺. De esta forma dividió el terreno que estaba inclinado en
Fig. 1. Alejandro Monterde y su mujer hacia 1970 en una fotografía cedida por la familia y aspecto actual del lugar del
hallazgo de la estela.
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tres bancales en forma de terrazas con sus correspondientes hormas. El 25 de agosto se encontró con un
obstáculo de piedra desconocido: la conocida estela ibérica, la cual se partió en dos al extraerla. La parte
superior, que contenía signos irreconocibles, fue llevada a su domicilio. Durante un tiempo estuvo guardada
en su casa, con la intención de ponerla de adorno.
Enterada de este hallazgo, estando de vacaciones en la localidad, María Vicenta Pérez Pérez, natural de
Sinarcas e hija de los dueños de la bodega cercana al lugar donde se encontró, comunicó este descubrimiento
al profesor Pío Beltrán Villagrasa. María Vicenta, licenciada en Derecho y Filosofía, era funcionaria del
Ayuntamiento de Valencia, pero antes de estudiar estas carreras había sido alumna de Pío Beltrán en el
Instituto Lluís Vives de Valencia y, a la vez, tenía una gran amistad con su hijo, Antonio Beltrán Martínez.
Enterado e informado el profesor del importante hallazgo, hizo todo lo posible para que la pieza fuese
remitida a Valencia, ya que sospechaba y temía que fuera la intención del dueño ponerla en su hogar, detrás
del fuego, en la pared de la chimenea (Beltrán, 1947: 246). Las gestiones realizadas por Emilio Viñals y,
sobre todo, por María Vicenta Pérez, junto con la generosidad de Alejandro Monterde, hicieron posible
que la estela fuera mandada en el “ordinario” al domicilio de este ilustre investigador, quien después de su
estudio la entregó al Museu de Prehistòria de València, su ubicación actual (fig. 2).
Creemos que es interesante recuperar la narración que hace años hizo Victorina Monterde Lloría (Cano,
2004), hija del descubridor de esta importante pieza:
El descubrimiento se produjo en el verano de 1941. Yo tenía entonces once años y apenas si me acuerdo de los
detalles. De lo que sí me acuerdo es del mucho gozo que le dio a mi padre haber encontrado aquello que parecía
una lápida, pero que estaba escrita con unas letras que ninguno de nosotros conocía…
Fig. 2. Detalle de la parte superior de la estela (Museu de Prehistòria de València).
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Mi padre era muy tenaz. Primero excavó un pozo, pero se secó, así que no tuvo más remedio que comenzar a
excavar otro. Como tampoco daba agua suficiente, hubo que sustituir la bomba de mano por una noria tirada por un
burro, y entonces, ya con agua, empezar a hacer bancales.
Mientras mi padre trujillaba, notó algo muy duro, como a un metro de profundidad, y pensando que se trataba
de una gran piedra, como así fue, escarbó la tierra hasta sacarla a la superficie. Pero menuda sorpresa. Como
ninguno de nosotros podía saber qué era aquello, mi padre le entregó la estela a don Pío Beltrán, quien a su vez, la
hizo llegar al Museo de Prehistoria de Valencia. Entonces, en el pueblo, nadie le dio importancia a aquello.
Tras el propio Pío Beltrán (1947), desde mediados del siglo pasado han sido numerosos los investigadores
que han estudiado esta pieza, destacando entre estos a Manuel Gómez-Moreno (1949), Domingo Fletcher
(1953 y 1985) y Jürgen Untermann (1990) (fig. 3).
De forma semejante a lo ocurrido con otros importantes descubrimientos de la arqueología ibérica, los
vecinos de la localidad no le dieron mucha importancia o valor a la pieza en el momento de su hallazgo.
Sin embargo, tras haber sido estudiada por numerosos investigadores y ser expuesta dentro y fuera de
España, ocho décadas más tarde constituye una de sus señas de identidad. Recordemos que la estela formó
parte, junto con un amplio conjunto de materiales ibéricos de primer nivel, de la magna exposición Los
Fig. 3. Selección de dibujos de la inscripción publicados previamente. 1. Beltrán, 1947. 2. Gómez-Moreno, 1949. 3.
Untermann, 1990. 4. Fletcher, 1953. 5. SIP, 1985 (Francisco Chiner). 6. Fletcher, 1985.
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Iberos, comisionada por Carmen Aranegui (Aranegui et al., 1997). Esta muestra internacional recorrió
París, Barcelona y Bonn entre 1997 y 1998. Actualmente ocupa un lugar destacado en la sala dedicada a
escritura ibérica del Museu de Prehistòria de València. Fue la primera imagen incluida como portada en la
serie de monografías, Trabajos Varios, de esta institución (Fletcher, 1985).
Su dibujo recibe y despide a los visitantes que llegan a la población de Sinarcas, pues está incluido en
la señalización de Tierra Bobal en las dos entradas de la localidad por la N-330 (fig. 4.1 y 4.4). El artista
sinarqueño Ramiro Monterde Cremades “Jabalí” ha realizado un par de réplicas de la misma, destacando
la del parque municipal Eugenio Cañizares (fig. 4.2). Por último, durante el proceso de elaboración de este
artículo, el Ayuntamiento de Sinarcas, a petición del Consejo Escolar del centro educativo de la localidad,
acordó en pleno el cambio del nombre de la escuela, que ha pasado a llamarse a partir de ahora CEIP Estela
de Sinarcas (fig. 4.3).
Este tipo de dinámicas con objetos antiguos que acaban traspasando su propio valor histórico y
arqueológico, entrando en el campo de lo identitario y lo simbólico, son frecuentes en la arqueología
valenciana, con los ejemplos paradigmáticos de la Dama de Elche (Vizcaíno, 2018) o el Guerrer de
Moixent (Vives-Ferrándiz et al., 2022); a los que se podrían sumar las recientes experiencias de Caudete de
las Fuentes con el pitorro vertedor zoomorfo de Kelin, Olocau con el Guerrer Nauiba del Puntal dels Llops
o Yátova con el plomo nº 2 del Pico de los Ajos (Quixal y Mata, 2018: 79). Además del trasfondo cultural
y sociológico que estos fenómenos tienen, son interesantes porque acaban generando un estrecho vínculo
entre la población y, más allá de la pieza, el patrimonio arqueológico local y regional al completo, factor
clave para asegurar su correcta protección y conservación.
Fig. 4. La estela de Sinarcas como símbolo local y comarcal.
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3. DESCRIPCIÓN DE LA PIEZA
La inscripción de la estela es especial, en primer lugar, por su longitud, puesto que es la inscripción ibérica
más larga realizada sobre una estela, ya que estas se caracterizan por contener mensajes más concisos.
También destaca por carecer de separadores de palabras, cosa relativamente única en ibérico en textos de
esta longitud, circunstancia que dificulta aún más su interpretación. No obstante, su grado de conservación
es inusualmente bueno y los escasos signos perdidos pueden suplirse con seguridad. Además, contiene un
elemento único que no está presente en ninguna otra inscripción ibérica: una cabecera realizada con signos
mucho más grandes que el texto y que no responde a nada conocido en el corpus ibérico, aunque todo
apunta que podría contener alguna indicación numérica.
En realidad, se trata solo de la parte superior de una estela de piedra caliza de cabecera semicircular, con
unas dimensiones conservadas máximas de 76 cm de alto, 44 de ancho y 12 / 13 cm de grosor dependiendo
del lado (fig. 5). En origen sería mucho más alta, puesto que ya hemos indicado que se partió en dos,
conservándose solo la parte escrita. La piedra es de la misma calidad que la utilizada para construir el
templo parroquial y procede de las canteras del “Regajo”; es caliza blanda, fácil de labrar, que se rompe y
desgasta fácilmente, por lo cual contiene algunos signos muy desgastados. Pesa 85 kg. Corresponde al tipo
D.3 de la tipología de estelas propuesta por Isabel Izquierdo y Ferran Arasa (1999: 290).
Fig. 5. Fotografía (BDHesp) y dibujo de la inscripción.
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El campo epigráfico incluye la cabecera y está delimitado en los laterales por una línea incisa,
perdida en gran parte. Por su parte, sin contar la cabecera, el resto del texto mide 23 x 41 cm y está
estructurado en seis líneas delimitadas por siete líneas de pautado, aunque la primera actúa como
base al texto de la cabecera (fig. 3). Los signos de la cabecera miden entre 8 y 9 cm, siendo 9,5 cm la
distancia máxima entre la primera línea de pautado y la línea incisa que delimita el campo epigráfico a
la altura del primer signo. El resto de signos del texto varían entre los 2,4 y los 4 cm. El total de signos
originalmente grabados era de 89, aunque cuatro están perdidos. Los signos del texto de la cabecera no
son solo más altos, sino también sus incisiones más gruesas, prácticamente el doble. Las diferencias
en la realización de la cabecera respecto del texto, por tamaño de los signos, anchura y profundidad
de la incisión y el uso de variantes de signos distintas, se han atribuido a la posible participación de
manos distintas, quizás incluso en momentos diferentes, fruto de una reutilización del soporte. Estos
detalles son los que hicieron sospechar a Untermann (1990: *8) que la cabecera fuese una falsificación
añadida en época moderna, aunque esta opinión no ha tenido el apoyo de otros investigadores. Solo
Velaza (1992: 320 y 322) la defendió inicialmente, pero ya no en trabajos más recientes (Velaza, 2019:
185). No obstante, a nuestro parecer, todo apunta a que fue un texto concebido de forma unitaria y que
las diferencias en el texto de cabecera son debidas a la voluntad de que fuese la parte más destacada
del texto.
4. ANÁLISIS EPIGRÁFICO
4.1. Principales problemas de lectura
El signo más problemático de la inscripción es el octavo de la primera línea, del que no quedan trazos
visibles a pesar de no presentar ninguna rotura superficial. Unánimemente se transcribe como un signo tu,
para reconstruir el recurrente elemento ildu, excepto Gómez-Moreno (1949: 56) y Fletcher (1953: 55), que
leen ilu.
Al final de la segunda línea hay un espacio exento en el que cabría perfectamente un signo, quizás dos,
y en el que Fletcher (1953: 55; 1985: 18) proponía identificar un signo te. Aunque parece apreciarse algún
resto de trazos, no es seguro que correspondan a signos perdidos, quizás se empezó a marcar el signo be,
pero no se llegó a ejecutar. No obstante, es extraño que no se haya usado este espacio, teniendo en cuenta
que en el resto de la inscripción no hay espacios vacíos y, con seguridad, tanto el eba[ne]/n de la primera
línea como el eukia/[r] de la tercera están partidos entre las dos líneas. Cabe la posibilidad, como pasa
con el signo tu de la primera línea que está completamente perdido o el segundo ḿ de la segunda que
casi ha desaparecido, que lo mismo haya pasado con el posible signo o signos que ocuparan este espacio.
Alternativamente, quizás no haya ningún signo perdido y el espacio exento divide la inscripción en dos,
separando el mensaje principal del secundario (Silgo, 2001: 18).
En la tercera línea, la única duda es el antepenúltimo signo que presenta una forma que tanto podría
ser u como tu, en función del contexto, aunque todo apunta a que se trata de u. Como se aprecia en las
fotografías de detalle (fig. 6) el signo u de eukia[r] es claramente diferenciable del tu de katuekaś, con
el trazo central muy corto y las diagonales exteriores cerradas y llegando a la base, mientras que el sigo
u presenta un trazo interior el doble de largo y las diagonales exteriores abiertas. El segundo eukiar está
afectado por la rotura, pero tiene un trazado análogo al primero.
La paleografía de los signos es la característica de los siglos II-I a.C. y corresponde a la escritura
no-dual (cf. Ferrer i Jané, 2005: 971; 2020: 980; cf. Ferrer i Jané y Moncunill, 2019: 83), habiéndose
planteado previamente como intervalo más probable el que va de mediados del II a.C., a mediados del I
a.C. (Rodríguez Ramos, 2004: 221).
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Fig. 6. Fotografías de
detalle de los signos u y
tu: il[du]taś, katuekaś,
eukia[r] y eukiar.
La lectura propuesta es básicamente la misma que propone Untermann (1990: F.14.1), solo con la
particularidad de distinguir los dos signos s de la cabecera, puesto que representan conceptos distintos y en
ambos casos probablemente simbólicos:
ḿ∑keIISSL
baisetaśiḻ[du]taśeba[ne]
nḿiseltarbanḿi
beŕbeinarieukia
[r]ḿikatuekaśkoloite
kaŕieukiarseltarban
ḿibasibalkarḿbaŕḿi
4.2. Análisis del léxico
Para los elementos más familiares del léxico no tenemos nada más a añadir a lo ya publicado, por lo que
remitimos a Moncunill y Velaza (2019); sin embargo, realizamos algunas precisiones para los elementos
que se relacionan a continuación:
ḿ∑keIISSL: Es casi unánime la consideración de que este elemento contiene una expresión metrológica
o numérica (Bertrán, 1947: 255; Gómez-Moreno, 1949: 56). Sólo para Maluquer (1968: lámina IX) se
trataría del nombre del difunto. Fletcher (1985: 18) considera que el texto se compone de dos partes, una
textual, ḿske, que relaciona con uskeike (cf. Moncunill y Velaza, 2019: 450), y una numérica, IISSL,
segmentación que es seguida, en general, por autores posteriores (Silgo, 2001: 18; 2016, 522; Simón, 2013:
234-235; Montes, 2020: 50). En cambio, otros no han precisado cuál sería su composición; así, De Hoz
(2001b, 59; 2011, 195) solo considera que se trataría de una expresión metrológica en la que se combinarían
numerales y abreviaturas, mientras que Rodríguez Ramos (2004: 128) indica que podrían ser numerales
o algún símbolo mágico. Velaza (2019: 185) plantea que no se puede excluir que contenga una indicación
numérica; no obstante, no figura recogida en el léxico ibérico ni como elemento léxico ni como numérico
(Moncunill y Velaza, 2019: 558-560).
Como pasa en el texto de la inscripción, donde no hay separadores, en la expresión inicial tampoco,
circunstancia que complica su segmentación. En todo caso, todo apunta a que probablemente se trate de una
combinación de abreviaturas y de numerales, por lo que la estructura más natural de la expresión debería ser
una sucesión de parejas U + Q, en la que el primer elemento identificase aquello que se está cuantificando
y el segundo indicase la cantidad, como pasa con las expresiones metrológicas ibéricas mejor conocidas
(Ferrer i Jané, 2007: 54; 2011: 99; e.p. 2024).
El mejor candidato a numeral es el elemento final IISSL por la repetición de signos. Su valor puede
ser establecido con relativa claridad desde la propuesta de Montes (2020: 43-44) de interpretar L con valor
10 y S con valor 20. Esto es así por no repetirse S más de cuatro veces en los contextos donde aparece,
especialmente en las ánforas de Vieille-Toulouse (Ferrer i Jané, e.p. 2024), circunstancia que permitiría
reproducir simbólicamente la estructura supuesta de los numerales léxicos ibéricos (Orduña, 2005: 501; Ferrer
i Jané, 2009: 459; 2022: 13) que podrían tener base vigesimal, como en vasco. Al signo L, normalmente no
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se le ha atribuido ningún valor concreto (Untermann, 1990: 147), pero tradicionalmente se ha comparado
con el numeral romano L (50) (Maluquer, 1968: lámina IX). En todo caso, su integración en expresiones
metrológicas, especialmente en los plomos de Yátova y en las ánforas de Vieille-Toulouse, a la izquierda del
grupo de unidades y del símbolo Π, con valor de 5 (cf. De Hoz, 2011: 195), ya permitía pensar que se trataba
de un signo estrictamente numérico y que su valor fuera igual o superior a 10 (Ferrer i Jané, 2021a: 77).
De acuerdo con esta hipótesis, el valor de la expresión final representada en esta estela podría ser 50
(SSL), sin tener en cuenta las unidades que la preceden, suponiendo que funcionan con los elementos de
la derecha. En cambio, podría ser 52 (IISSL), si fuesen unidades aditivas, tal como propuso inicialmente
Montes (2020, 56), aunque las unidades siempre aparecen en ibérico como último elemento a la derecha de
todas las expresiones conocidas, por lo que parece muy improbable. Quizás sí que sería posible interpretarlas
como substractivas, 48 (IISSL), para ahorrar espacio de un canónico SSΠIII (48); aunque sería un uso aun
no documentado en ibérico, podría responder a una imitación del modelo romano.
La parte inicial de la expresión, ḿ∑ke, se interpreta normalmente de forma textual, ḿske, pero tiene el
problema de que el signo s3 (sigma: ∑) no es la variante usada en el resto del texto, donde se usa s1 (s), ni
es la esperable en este contexto de escritura no dual de cronología tardía. Por lo cual, encajaría mejor que
estuviese siendo usada como símbolo (∑), cosa que lo acercaría más a los numerales simbólicos, que no
a las unidades de medida que usan las iniciales del elemento léxico al que representan, como sería el caso
paradigmático de las unidades del sistema a-o-ki, siendo los más claros o/otar y ki/kitar (cf. Ferrer i Jané,
2011). En este sentido, cabría considerar la posibilidad que ∑ fuera el símbolo para 100, puesto que es el
que nos falta, una vez identificados S (20), L (10) y Π (5).
Así pues, la solución más completa desde el punto de vista de la estructura de la expresión es la que
interpreta la expresión de la cabecera formada por dos subexpresiones, ḿ y ke como conceptos cuantificables,
que respectivamente estarían cuantificados por ∑ (quizás 100) y IISSL (48). No obstante, no disponemos de
otras expresiones metrológicas nororientales donde se pueda verificar el uso de ∑ como numeral simbólico.
Solo en greco-ibérico aparece en el plomo de La Serreta (A.04.01) y en el de Coimbra del Barranco Ancho
(MU.01.01), pero no parece que se trate del mismo elemento. Para ḿ (V) se podría aducir el caso de las
expresiones metrológicas de los plomos de Yátova, pero tampoco parece que sea el mismo elemento (Ferrer
i Jané, 2021a: 77). El signo ḿ también podría aparecer como elemento cuantificado en la expresión ḿseike
del plomo de Gruissan (AUD.04.02), que quizás podría esconder una variante del numeral léxico śei (6)
(Orduña, 2013: 526; pace Ferrer i Jané, 2022: 36). En el caso de ke, sólo está la expresión keILΠ de uno de
los plomos de Yátova (V.13.03), que Montes (2022) interpreta con el valor de 115, pero que podría esconder
una cuantificación de ke como unidad de medida.
En lo que respecta a la interpretación de la expresión, no parece que se trate de la edad del difunto, tal
como Maluquer (1968: lámina IX) sugería para L (50), puesto que a pesar de que es un concepto numérico
habitual en las inscripciones funerarias latinas, no aparece normalmente en una posición tan destacada en
la cabecera. Además, parece que la indicación de la edad debería incorporar el uso de tieike o de su forma
abreviada ti, tal como sucede en las estelas de Bicorp (V.06.006) y de Terrateig (V.18.01), así como con la
edad del vino en las ánforas de Vieille-Toulouse (Ferrer i Jané, e.p. 2024).
Por su parte, Silgo (1993: 369-371; 2001: 18) propuso que fuese el equivalente ibérico de las expresiones
latinas típicas de las sepulturas que delimitan en pies el espacio reservado para la tumba, la pedatura (cf.
Vaquerizo y Sánchez, 2008: 101). Inicialmente, leía la parte textual de la expresión como ḿmke con el
significado de la unidad de medida ‘pie’, suponiendo que la sigma fuese un signo m rotado; “Pies IISSL”,
asumiendo que la sepultura delimitaría un cuadrado. Posteriormente, este autor (Silgo 2016: 522) recuperó
la lectura tradicional ḿske, interpretada con el sentido de ‘atrás’: “Atrás pies tantos”, con la duda de si I
representa la unidad de medida ‘pies’, repetida (II) para indicar el plural o si es parte de la cantidad.
Recientemente, Montes (2022), en la línea de Silgo, ha propuesto interpretar la expresión con el
significado: “Pies? 250”. Interpreta que el signo ke sería 100, las dos cifras (II) indicarían el número
de centenas, y SSL sería 50. Mientras que ḿs sería una palabra o abreviatura de pie, aunque interpreta
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la cantidad expresada como la superficie, es decir pies cuadrados. En todo caso, la contabilización de
las centenas con las unidades de la izquierda (keII) no parece la mejor solución, puesto que generaría
ambigüedades con la representación de cifras del estilo de 102, teóricamente, también keII. Si la propuesta
fuera correcta, se esperaría la repetición del símbolo ke para representar 200.
Las expresiones de pedatura no suelen encabezar el texto, no obstante, casi todas las excepciones
corresponden a Hispania, en particular a la Bética, aun cuando siguen siendo la excepción. En algunos casos,
no solo figuran en posición inicial (fig. 7.2 y 7.5), como la de Écija (Fernández Ugalde, 2021: fig. 3) y la de
Nueva Carteya (CIL II2/5, 351), sino que se destacan del resto del texto, bien por su disposición circular (fig.
7.1), como la de Lucena (CIL II2 /5, 617), por el tamaño de letra (fig. 7.3), como la de Antequera (Vaquerizo
y Sánchez, 2008: fig. 11), o por figurar en una sección reservada (fig. 7.4), como la de La Guijarrosa (CIL
02, 02270). Esta circunstancia recordaría claramente a la posición destacada de la expresión de la cabecera
en la estela de Sinarcas.
Por lo tanto, cabe considerar aceptable desde el punto de vista de la epigrafía comparada la propuesta
de que se trate de una expresión de pedatura basada en un modelo romano. Este contacto se podría haber
producido in situ, especialmente si la cronología de la estela fuera suficientemente tardía, puesto que los
primeros ejemplos de pedatura latinos hispanos datan ya de época augustea (cf. Vaquerizo y Sánchez, 2008:
119). Alternativamente, si su cronología fuese más antigua, podría plantearse como resultado de un contacto
producido fuera de la península. El difunto podría haber servido como auxiliar, actividad que causaría la
mayor parte de desplazamientos de indígenas fuera de la península, y haber conocido directamente esta
tradición. A favor de esta alternativa estaría la propuesta de que la difusión del uso de la pedatura en las
inscripciones funerarias latinas de Hispania se relaciona con los veteranos del ejército (Cf. Vaquerizo y
Sánchez, 2008: 120).
Aunque en las inscripciones latinas normalmente se indican las dos dimensiones, in fronte pedes (latum)
/ in agro pedes (longum) (fig. 7.1 y 7.4), es relativamente frecuente solo se indique una, bien con una
fórmula específica, locus pedum (quoquo versus), asumiendo que es un cuadrado (fig. 7.2, 7.3 y 7.5) o
solo indicando alguna de las dos dimensiones si se considera la otra innecesaria (cf. Vaquerizo y Sánchez,
2008: 113). Así pues, la hipótesis de la pedatura sería compatible tanto con la presencia de dos conceptos
cuantificados, como con uno solo.
A continuación, analizamos posibles interpretaciones en el contexto de que fuera una expresión de
pedatura:
La primera posibilidad sería que ḿ y ke fuesen los identificadores de las dimensiones indicadas, latum
y longum, que estarían respectivamente cuantificadas por 100 (∑) y 48 (IISSL), aunque, si fuera así, la
unidad de medida se debería considerar implícita.
Alternativamente, si fueran unidades aditivas ibéricas de longitud del estilo de las del sistema a-o-ki,
podrían representar el valor 100ḿ + 48ke, se estaría definiendo una sola cantidad, un locus cuadrado,
aunque sin ningún elemento formular adicional y con el problema de cuál sería la relación entre las unidades
ḿ y ke, con ḿ >48ke.
En una tercera opción, se podría plantear que ke fuese la partícula conectora de los numerales léxicos
(Orduña, 2005; Ferrer i Jané, 2009: 458; 2022: 35), aunque sería claramente innecesaria por tratarse de un
numeral simbólico. En todo caso, de ser así, se podría identificar el numeral 148 (∑keIISSL), cosa que
dejaría a ḿ como elemento léxico abreviado de la fórmula de la pedatura ibérica o como la inicial de la
unidad de medida de longitud. También se podría pensar en una variante con dos cantidades 102 (∑keII) y
50 (SSL) y ḿ como elemento léxico abreviado.
Si fuera correcta la propuesta de Montes (2022) para ke como indicador de la centena, ḿ podría quedar
como elemento léxico abreviado, ∑ podría ser la unidad de medida de longitud, a pesar de los problemas
de su condición simbólica, mientras que las cifras finales, seguirían siendo 148 (keIISSL), que como en los
dos casos anteriores cabría interpretar como las dimensiones del lateral de un locus cuadrado. Como en el
caso anterior se podría plantear la variante 102 (keII) y 50 (SSL).
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Fig. 7. Paralelos latinos: 1. Lucena
(CIL II2/5, 617). 2. Écija (Fernández
Ugalde, 2021: fig. 3). 3. Antequera
(Vaquerizo y Sánchez, 2008: fig. 11).
4. La Guijarrosa (CIL II, 2270).
5. Nueva Carteya (CIL II2/5, 351).
Finalmente, recuperando la segmentación clásica y el valor léxico de ∑ como s, quizás ḿske escondiera
la fórmula de la pedatura y la cifra final del locus cuadrado fuera 48 (IISSL) siendo en este caso,
probablemente, ke la unidad de longitud ibérica equivalente al pedes romano.
En lo referente a la plausibilidad de las cifras identificadas como dimensiones, normalmente las medidas
in fronte, superan a las in agro en la mayor parte de los casos (Vaquerizo y Sánchez, 2008: 115), aunque son
semejantes. Aun así, hay excepciones como la de Castro del Río (Córdoba, CIL II2/5, 403) de 225 x 150 o
la de Cabra (Córdoba, CIL II2/5, 324) de 18 x 50. Aunque las dimensiones del locum no suelen superar los
20 pies (Vaquerizo y Sánchez, 2008: 114, fig. 7), esporádicamente hay ejemplos de superficies mayores,
como la de la inscripción de Nueva Carteya (CIL II2/5, 351; fig. 7.5) de 120 pies de lado o la ya indicada de
Castro del Río de 225 x 150. Además, quizás en la inscripción ibérica la unidad de longitud empleada fuese
una específicamente ibérica que generase números mayores. En todo caso, el hecho de encontrarse la estela
de Sinarcas en una zona rural, favorecería que el espacio de la tumba fuera más extenso que si fuera en una
zona urbana (Vaquerizo y Sánchez, 2008: 116).
En conclusión, de las cinco alternativas analizadas, la primera opción parece la menos problemática; no
obstante, ninguna de ellas produce resultados totalmente compatibles con los de las fórmulas latinas. Por lo
tanto, parece prudente esperar a que nuevas inscripciones arrojen algo más de luz sobre esta expresión para
confirmar que esta es la vía correcta.
beŕbeinari: Normalmente se interpreta beŕbeinar como nombre de persona (cf. Moncunill y Velaza,
2019: 169). En todo caso, su interpretación debería ser la misma que la de koloiteḳaŕi al preceder ambos
elementos a eukiar, quizás con un posible morfema i al final.
eukiar: Este elemento aparece por duplicado en esta inscripción. La individualización de este elemento
es conflictiva, aunque eukiar es la segmentación clásica (cf. Silgo, 2016: 221; Rodríguez Ramos, 2000: 8;
Ferrer i Jané y Escrivà, 2015: 150), otros prefieren ieukiar (Untermann, 1990: F.14.1; De Hoz, 2001: 60;
Moncunill y Velaza, 2019: 169 y 298). En este último caso los onomásticos previos quedarían reducidos a
beŕbeinar i koloiteḳaŕ. No obstante, todos los paralelos disponibles apuntan a que la raíz de este elemento
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debería ser euki: eukin en un fragmento de ánfora (B.15.1) de Les Soleies (Collbató); eugi en el colgante
de plomo supuestamente de Llíria (Ferrer i Jané y Escrivà, 2015: 150); así como en la forma euker en la
fusayola de Palamós (GI.20.02). Una variante similar podría estar en la base de las formas, probablemente,
verbales biteukin del último plomo de Monteró (L.01.03) y bitiukin del plomo de La Palma (T.15.01).
Respecto a su función, hay cierta diversidad de pareceres, aunque la verbal es la mayoritaria, considerándose
la posibilidad de que fuese una mera variante de egiar (cf. Moncunill y Velaza, 2019: 169). Sin embargo,
a pesar de su similitud formal, no parece probable que semánticamente eukiar tenga relación con egiar,
puesto que egiar no es característico de los textos funerarios, como sería el caso de esta inscripción. Para
Untermann (1990: 512) ieukiar podría ser un apelativo, quizás aplicable a los antropónimos que les
preceden.
koloiteḳaŕi: Normalmente se interpreta koloiteḳaŕ como nombre de persona, mientras que la i final formaría
parte del elemento siguiente (cf. Moncunill y Velaza, 2019: 298). No obstante, es interesante recordar que
Caro Baroja (1949: 116-117) propuso que la i final correspondiera a la marca de dativo. Independientemente
de que sea esta la interpretación correcta en este caso, la posibilidad de que el morfo i sea una de las
formas de la marca de dativo parece plausible, teniendo en cuenta que la alternancia er/ir podría tener su
equivalente en la pareja e/i (Ferrer i Jané, 2019b: 51). Respecto de la posible interpretación de koloiteḳaŕ
como divinidad, y por extensión, también de berbeinar, cabe tener presente que el texto de la fusayola de
Palamós, en el que aparece euker, una aceptable variante de eukiar, está precedido de alorberi(borar),
que ha sido propuesto recientemente como posible divinidad al aparecer en una inscripción rupestre de Sant
Martí de Centelles en la forma alorbeŕi (Ferrer i Jané, 2021b: 94).
basibalkar: Normalmente se interpreta como un nombre de persona (cf. Moncunill y Velaza, 2019: 151).
No obstante, su segmentación respecto del siguiente elemento es problemática. Así, para Rodríguez Ramos
(2005: 260) y Faria (2006: 116) basibalkarḿbaŕ podría ser un antropónimo trimembre. Untermann (1990:
512) también contempla la posibilidad de que basi fuera un nombre de un solo formante y el segundo
antropónimo fuera balkarḿbaŕ. Otra posibilidad que considerar, teniendo en cuenta que balkar es un
claro nombre de divinidad (Ferrer i Jané, 2019a: 49), es que algún compuesto, como podría ser basibalkar,
también hiciera referencia a la divinidad. En todo caso, el uso del nombre de una divinidad en nombres
personales también es posible.
4.3. Interpretación
El encabezado es la sección más más destacada del texto, tanto por posición como por altura y grosor de los
signos, siendo la primera en ser leíble al acercarse al monumento. Probablemente, constara de una fórmula
abreviada combinando con una o varias expresiones metrológicas. De las interpretaciones propuestas, la
pedatura parece la más probable de acuerdo con los paralelos latinos.
El texto principal puede ser dividido en dos secciones (tabla 1), si aceptamos que no hay signos perdidos
al final de la segunda línea y que simplemente se trata de un espacio exento que no ha sido utilizado, dando
por acabado un primer mensaje y pasando a la siguiente línea para empezar un segundo mensaje (Silgo,
2001: 18). Además, este espacio coincide con el fin de la parte más regular de la inscripción (S1), que,
con variantes, encaja en los esquemas ya conocidos de otras inscripciones ibéricas en estelas funerarias.
El resto del texto formaría la segunda sección (S2). A su vez, si consideramos que el elemento ḿi también
está estructurando el texto en oraciones, la primera sección estaría formada por dos oraciones (O1 y O2)
y la segunda por tres (O3, O4 y O5) o cuatro, si detrás de eukiar hubiera un ḿi elidido (O4a), de forma
que seltarbanḿi formara otra oración (O4b) idéntica a O2. No obstante, para Moncunill (2017: 152)
se repetirían tres esquemas del tipo OSV(O), sin considerar significativo el espacio exento al final de la
segunda línea.
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Tabla 1. Estructura propuesta del texto principal.
Sección
1
2
Oración
1
2
3
4a
4b
5
Onomástico
baisetaś
iḻ[du]taś
katuekaś
beŕbeinar
koloite/ḳaŕ
basibalkar
i
i
i
Nombre/verbo
eba[n
en
e]/n
seltar
ban
seltar
ban
seltar
ban/
eukiạ/[r]
eukiar
ḿbaŕ
ḿi
ḿi
ḿi/
ḿi
ḿi
ḿi
En todo caso, las dos primeras líneas del texto, junto con la última, encajan dentro del esquema de texto
funerario que se desprende de otras inscripciones ibéricas y de los paralelos con otras epigrafías coetáneas.
Las tres alternativas principales de interpretación son las siguientes:
- En el caso de que ebanen fuese la marca de filiación (Siles, 1986: 39-40; Velaza, 1994: 144; 2004:
203; De Hoz, 2011: 293-294), el difunto podría ser baisetaś ildutaś, siendo en este caso quizás basibalkar
el responsable de la dedicación (ḿbaŕ) de la tumba (seltar).
- En el caso que ebanen fuese un verbo equivalente al latín coeravit (Untermann, 1990: 512; Rodríguez
Ramos, 2005: 259), el responsable de la dedicación podría ser baisetaś ildutaś, con filiación indicada por
yuxtaposición, mientras que basibalkar ḿbaŕ podría ser el difunto, probablemente también con filiación
indicada por yuxtaposición.
- Cabe también la posibilidad de una interpretación híbrida, en la que baisetaś sea el difunto, ildutaś el
responsable de la dedicación (ebanen) y la acción expresada por (ḿbaŕ) y ejecutada por basibalkar sea
otra distinta.
Así, para De Hoz (2001b: 60; 2011: 284 y 322) la interpretación de la secuencia inicial sería algo como:
‘Esta (es) de Baisetas, hijo de Ildutas. Esta (es) su tumba’. Para Rodríguez Ramos (2005: 259) esta parte
podría traducirse como ‘De Baisetas hijo de Ildutas, su monumento’, si ebanen fuese la marca de filiación.
La traducción de Silgo (2001: 16) sería ‘De Baisetas, Ildutas curó de hacerlo, la tumba’ en la hipótesis de
que ebanen fuera coeravit.
El resto del texto presenta no solo dudas de interpretación, sino también de segmentación, dado que
a la ausencia de separadores se une la falta de elementos familiares. En esta última sección se intercalan
diversos posibles onomásticos beŕbeinar, katuẹkaś i koloiteḳaŕ, siendo la clave de su interpretación el
elemento eukiạr para el que mayoritariamente se le supone un carácter verbal, pero del que poco se puede
decir, puesto que solo aparece en este texto y quizás en la forma euker en la inscripción de la fusayola
de Palamós, probablemente de contenido religioso / votivo. Si fuera correcto este paralelo, además del
contenido estrictamente funerario, quizás el texto contase con alguna referencia religiosa adicional.
5. EL YACIMIENTO DE POZO VIEJO
Como se ha indicado al comienzo de este trabajo, la estela apareció en el paraje conocido como del Pozo
Viejo, en una zona cercana al casco urbano de Sinarcas. El terreno presenta un ligero desnivel y está
dedicado principalmente a huerta y cultivo del cereal. El yacimiento está fichado en el registro de la
Dirección General de Cultura y Patrimonio de la Generalitat Valenciana con este nombre. Todavía podemos
observar restos de piedras de sillería reutilizados en las hormas.
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Las primeras noticias que tenemos de este emplazamiento son del que fuera secretario del Ayuntamiento
de Sinarcas, José Martí Cervera, quien en su trabajo de 1916, Antecedentes Históricos de Sinarcas,
menciona el hallazgo de restos arqueológicos en este paraje de la siguiente manera: «... esta población era
muy importante y tenía un curso por lo menos de 1000 vecinos si se tiene en cuenta los restos entresacados
en la parte norte de la población y proximidades del Pozo Viejo, entonces se construirían las defensas de los
dos cerros [Carpio y San Cristóbal]».
El erudito Francisco Martínez y Martínez, vinculado a la comarca por su propiedad de la Casa Doñana
de Caudete de las Fuentes, dedicó varias páginas a Sinarcas en el periódico Las Provincias en 1934, pocos
años antes del hallazgo de la estela. Centrando su descripción en otros yacimientos de la zona, únicamente
habla de que “En la parte norte del pueblo de Sinarcas, a la falda del cerritillo en donde se asienta, ya
en el llano, se encuentra el pozo que antaño abastecía de agua a aquellos vecinos”, sin indicar hallazgo
arqueológico alguno (Martínez y Martínez, 1935). Pasaron años hasta que Pío Beltrán Villagrasa en el año
1947 diese a conocer en el Boletín de la Real Academia Española el hallazgo y estudio de la estela ibérica
de Sinarcas, mencionando este yacimiento como el lugar donde se encontró.
Además de la estela, a lo largo del tiempo se han hallado más restos arqueológicos en superficie (Iranzo,
1989 y 2004). A mediados de la década de los años veinte del siglo pasado, al construir una bodega a pocos
metros más arriba del punto en el que apareció la estela, el vecino de Sinarcas Juan Pérez Pérez localizó
un número importante de urnas cinerarias y monedas. También se tiene constancia de que, a principios
del siglo XXI, cuando unos operarios municipales excavaban una zanja para arreglar una avería en la
tubería general que portaba el agua del manantial de Ranera, aparecieron varios recipientes cerámicos de
un tamaño considerable a una profundidad de algo más de un metro. Lamentablemente fueron destruidos,
en parte, y se volvieron a enterrar.
Tras la estela, quizás el hallazgo conservado más reseñable es el de una terracota con forma de équido
(fig. 8). Tiene 10 cm de longitud, con una anchura de 4 cm en la parte dorsal-ventral. Todas sus extremidades
están fracturadas en mayor o menor medida, con 6 cm de altura máxima conservada, y de la cola apenas se
diferencia su arranque. La cabeza, muy esquematizada, presenta una característica forma pendiente, en la
cual se han modelado dos pequeñas protuberancias para presumiblemente marcar las orejas. De Sinarcas
proceden otras terracotas o piezas cerámicas con decoración zoomorfa (Quixal, 2018), algunas de ellas
también con forma de équidos (Iranzo, 2004, 89-91).
De Pozo Viejo provienen igualmente varias pesas de telar, incluida una con letras latinas, y cuatro
fragmentos de terra sigillata gálica (Montesinos, 1993 y 1994-1995), entre los que destaca una base de
copa con sello VITA--. Vitalis de La Graufesenque, del periodo Claudio-Domiciano (41-96 d.C.). Los
hallazgos monetarios de los que se tiene constancia en este yacimiento son dos ases de Kelse, un denario de
Bolskan y un denario romano republicano.
Fig. 8. Terracota con forma de équido localizada en Pozo Viejo. Long. máxima: 10 cm. Vista lateral de ambas caras (1)
y vista oblicua (2).
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1
2
3
0
5 cm
Fig. 9. Materiales cerámicos de Pozo Viejo,
depositados en el Museu de Prehistòria
de València.
Fue prospectado por Consuelo Mata dentro del proyecto de investigación del territorio de Kelin en
1992, localizando escasos fragmentos cerámicos, entre los que se puede identificar una tinaja (fig. 9.1),
un lebes (fig. 9.2) y un jarro de forma tardía (fig. 9.3). Posteriormente, fue visitado por uno de nosotros en
2010 en el marco de una tesis doctoral sobre la romanización en la comarca (Quixal, 2013), sin hallar ya
apenas material arqueológico en superficie. Por lo tanto, a nivel cronológico abarcaría tanto la época ibérica
final como la romana altoimperial, desde el siglo II a.C. al II d.C., sin poder determinar bien cuándo serían
los primeros momentos. Por los materiales aparecidos hay poca duda de que se trataría de una necrópolis,
sin poder descartar que hubiese algún tipo de instalación adicional. Se ha relacionado con los cercanos
poblados del Cerro de San Cristóbal y del Cerro Carpio, de los que constituye parte de su piedemonte,
si bien queda un tanto distante (unos 1.700 m en ambos casos). No obstante, el hecho de que tanto el
Cerro Carpio como la necrópolis de Pozo Viejo estuviesen en funcionamiento en el momento en el que
tradicionalmente se fecha la estela (mediados del siglo I a.C.) y ambos perdurasen tras el cambio de era,
hace muy plausible esta asociación.
Al hablar de este yacimiento no podemos dejar pasar por alto la confusión que existió al asignar al
Pozo Viejo el hallazgo de tres inscripciones latinas que el propio Pío Beltrán situaba en el mismo lugar
(Beltrán, 1947: 248). El error en su localización pudo estar motivado porque antes de ser trasladadas a la
localidad, donde están hoy en día, durante mucho tiempo dos de ellas se utilizaron en la construcción de
un padrón que albergaba un azulejo con la imagen de la Virgen de Tejeda, situado al lado del camino de
la Cuesta del Pozo. Tal y como describía el citado Francisco Martínez y Martínez “...inmediato a aquel
pozo (Pozo Viejo) se halla un peirón que sostiene un azulejo con la imagen de la Virgen de Tejeda y
una cruz de hierro en lo alto; el fuste está formado por dos lápidas romanas, de las que daremos cuenta
cuando encontremos las traspapeladas notas que tomamos ha ya años” (Martínez y Martínez, 1935). Más
tarde, el cronista de Sinarcas, Eliseo Palomares, indicó que el hallazgo de estas inscripciones había que
ubicarlo en la Cañada del Pozuelo, en las faldas del Cerro de San Cristóbal (Palomares, 1966: 241-242).
Posteriormente este mismo autor (Palomares, 1981: 16-17), sin hacer referencia a lo publicado antes,
volvió a situar el hallazgo de estas inscripciones en el Pozo Viejo, dando otra fecha distinta de cuando
fueron encontradas. No sabemos las razones que le llevaron a dar estas noticias contradictorias. Por
nuestra parte, después de indagar durante un tiempo, podemos afirmar que el lugar donde fueron hallados
estos restos arqueológicos fue la Cañada del Pozuelo (Iranzo, 2019: 60-62). Las consultas realizadas a
los familiares de los propietarios de los terrenos donde se mencionan estos hallazgos así lo confirman.
Además, en la edición de la mañana del periódico madrileño La Discusión, de fecha 5 de abril de 1857,
aparece un escrito remitido desde la población de Titaguas en el que se explica minuciosamente el
descubrimiento, el proceso de recuperación de las piezas y se da a conocer el contenido del texto inscrito
en las mismas.
Trabajando un labrador del pueblo de Sinarcas con el azadón para reducir á cultiyo un pedazo de terreno de
una heredad que posee en la cañada del Pozuelo, descubrió una piedra labrada con letras, que le llamó la
atencion, y le animó á profundizar su trabajo ó escavacion, que le dio por resultado el descubrimiento de otra
piedra mas grande, también con letras, y que á duras penas con ayuda de dos hombres mas logró desenterrar: y
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D. Quixal Santos, J. Ferrer i Jané y P. Iranzo Viana
aunque descubrió también el borde de otra tercer piedra igualmente labrada, y quiso sacarla, solo consiguió el
convencerse de que tenia letras y de que era mas grande que las primeras, y se la dejó enterrada.
En este estado las cosas, fui ya á Sinarcas; y enterado del descubrimiento, que era ya público y llamaba
la atención de aquellos naturales, vi la primera piedra que ya tenia en su casa el propietario descubridor: me
constituí en la cañada del Pozuelo, encontré al aire libre la secunda piedra, y descubrí como un medio palmo del
borde de la tercera, todavía enterrada, pero conocí claramente que estaba labrada y que tenia letras. Ya puede
Vd. conocer que, aunque simple lugareño y sin conocimientos, trataría de hacer algo mas que los inocentes
sinarqueños: y en efecto, busqué siete hombres esforzados, entre ellos un albañil, y armados de gruesas y largas
palancas, sogas y azadones, que colocamos en un carro, me constituí de nuevo en la cañada del Pozuelo, y
logré sacar la indicada tercer piedra, que era mas grande que la segunda, que todavía se hallaba en aquel sitio, y
con mas letras, pero que apenas podían distinguirse, porqué la tierra que las cubría se hallaba poco menos que
petrificada. Gasté, pues, en limpiarlas el vino que habla llevado para los operarios por no haber agua en aquel
terreno, frotándolas con ramas de sabina para no lastimarlas, y logré, á fuerza de trabajo y constancia, dejarlas
tan limpias como era menester para copiar hasta los signos de puntuación…
Por último, repito que la primera piedra señalada como tal en la copia la tiene el propietario en su casa,
y la segunda y la tercera se hallan en la cañada del Pozuelo, porque se creyó que se romperían en el carro
conduciéndolas.
Esa primera inscripción, que pasó a la vivienda del propietario, es la que hoy está desaparecida. Las
otras dos finalmente fueron trasladadas al Pozo Viejo para servir de adorno a la imagen de la Virgen de
Tejeda.
Después de la publicación de la noticia en 1857, Buenaventura Hernández Sanahuja, director del
Museo de Arqueología de Tarragona y colaborador del Corpus Inscriptiorum Latinorum que coordinaba el
prestigioso epigrafista Emil Hübner, visitó Sinarcas para proceder a su documentación de cara a incluirlas
en el segundo volumen del CIL, editado en 1869 (Abascal, 2014). Varias décadas después, en 1890, Antonio
Pérez García, un erudito requenense, informó a la Real Academia de la Historia sobre el estado de las
mismas. Ya se había perdido el rastro de la primera inscripción mencionada, siendo en vano cualquier
intento de poder recuperarla.
Parece evidente que estas inscripciones formarían parte de algún tipo de monumento o área familiar.
De hecho, la segunda y la tercera tienen elementos que permiten su unión en vertical, es decir, colocada
una encima de la otra. De las tres inscripciones, estas dos conservadas estaban vinculadas claramente a un
mismo personaje, conocido como Marco Horacio Mercurial, que viviría a caballo entre los siglos I y II d.C.
(tabla 2). En una aparece como dedicante del monumento a Junia Cupita (CIL II 4451; IRPV IV 198: 246248) y en otra como el propio difunto que recibe sepultura y dedicatoria por parte de su esposa, Fabricia
Serana (CIL II 4449; IRPV IV 194: 245-246). Hoy en día se encuentran en el Museo del Cereal de Sinarcas,
un espacio municipal que bien podría albergar una colección museográfica local en el futuro (fig. 10). La
primera inscripción, de la que por desgracia se desconoce su paradero, estaba dedicada a Lucio Horacio
Viseradin, hijo de Marco (CIL II 4450; IRPV IV 195: 246).
El cognomen Viseradin (BDHesp: Onom.4749) solo aparece en esta inscripción de Sinarcas (Albertos,
1966: 253; Abascal, 1994: 547) y es un antropónimo de origen ibérico (Simón, 2020: 82 y 156). Se data
como la inscripción más antigua de las tres, del siglo I d.C. La coincidencia del nomen Horacio, junto con el
praenomen Marco de su padre, y el hallazgo simultáneo de las tres inscripciones en el mismo lugar plantean
la posibilidad de que todos fuesen miembros de una misma familia, sin poder determinar si generaciones
consecutivas o no. De esta forma, al menos dos inscripciones de la Cañada del Pozuelo tendrían vinculación
directa con Marco Horacio Mercurial, más una tercera, la más antigua, de forma hipotética. Por otro lado, se
ha planteado que los nomina Serana y Cupita también serían más frecuentes en ámbitos donde el elemento
indígena tuviese un fuerte peso (Abascal, 1994: 504-505; Martínez Valle, 2019: 267 y 2022: 32).
Cerca del Pozo Viejo está el Pozo el Piojo, donde se halló un sillar reutilizado en un bancal en el que
había un falo esculpido, así como un as de Castulo. La escasa distancia entre ambos puntos (unos 150 m)
hacen muy probable que se trate de un mismo yacimiento. En la Cañada del Pozuelo se localizó una pieza
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Tabla 2. Inscripciones latinas de la Cañada del Pozuelo, según Corell, 2008.
Ref. CIL
CIL 4449
Inscripción
Traducción
L(VCIVS) · HORATIVS · M(ARCI)
Lucio Horacio Viseradin, hijo de
Marco, aquí está sepultado
F(ILIVS) · VISERADIN
H(IC) · S(ITVS) · E(ST)
CIL 4450
IVNIA CVPITA
H(IC) · S(ITA) · E(ST) · AN(NORUM) · LV
[M(ARCUS?) H(ORATIUS) MER(CURIALIS) · ET L(ICINIA) · LIMPHI-
Junia Cupita, de 55 años, aquí
está sepultada. Marco Horacio
Mercurial y Licinia Limfidia, a sus
expensas. Que la tierra te sea leve.
DIA· S(VA) · P(ECVNIA) · S(IT) · (IBI) · T(ERRA) · L(EVIS)
CIL 4451
M(ARCO) · HORATIO
MERCVRIALI
AN(NORVM) · LIIX · FABRI-
A Marco Mercurial, de 58 años.
Fabricia Serana, a su marido
indulgentísimo.
CIA · SERANA ·
MARITO · INDVLGENTISSIMO
Fig. 10. Inscripciones latinas de la Cañada
del Pozuelo (Museo del Cereal de Sinarcas).
similar (Iranzo, 2004: 124-125), que se puede sumar a los ejemplares hallados en las villas romanas del
Barrio de los Tunos (Requena, Valencia) y La Solana (Utiel, Valencia). Estas representaciones, bastante
frecuentes en época romana, eran símbolos de fertilidad, protección y buena fortuna, vinculables en zonas
agrarias a Liber Pater, divinidad asociada con el vino (Del Hoyo y Vázquez Hoys, 1996; López Velasco,
2007-2008; Martínez Valle, 2020).
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D. Quixal Santos, J. Ferrer i Jané y P. Iranzo Viana
6. MUNDO FUNERARIO Y CAMBIO CULTURAL
La estela de Sinarcas señalaría la localización de una tumba establecida probablemente a lo largo del siglo I
a.C. Ya hemos visto en el análisis filológico como el epígrafe ibérico, pese a no poderse traducir y tan sólo
identificar algunos nombres y términos, puede asemejarse bastante a los modelos de inscripciones funerarias
romanas que incluyen datos como el nombre del difunto, el/los dedicantes (familiares), la pedatura, etc. El
tener dicha formulación funeraria en escritura ibérica nos muestra un sinecismo cultural entre tradiciones
ibéricas y romanas; la conjunción en un mismo objeto de diversos elementos y prácticas en el contexto del
complejo proceso de romanización (Quixal, 2015: 191-192).
La estela es un elemento presente en las tradiciones funerarias de la mayoría de las culturas mediterráneas
antiguas, entre ellas la ibérica. Inicialmente sigue los modelos de la plástica indígena (aspecto antropomorfo,
anepigráfica y decorada) (Izquierdo y Arasa, 1998), pero a partir del contacto con los romanos irá
simplificándose y asemejándose a las estelas romanas en forma, estilo y formulación epigráfica, aunque en
lengua propia (Arasa, 1989; Mayer y Velaza, 1993). Que la estela tenga una cabecera con forma redondeada
es un rasgo que la aproxima formalmente a las estelas romanas (Arasa, 1994-1995: 93; Izquierdo y Arasa,
1999: 289), pues eran muy frecuentes en ámbito itálico en época tardorrepublicana (Schlüter, 1998). En
cuanto a forma, su paralelo ibérico más semejante es la estela de Guissona (Guitart et al., 1996; Izquierdo
y Arasa, 1999: 289). Aunque para esta estela se ha llegado a plantear una datación de época augustea en
base exclusivamente en su tipología (Pera, 2003: 250), los datos estratigráficos apuntan a que debería ser
anterior, puesto que procede del interior del casco urbano de Iesso, pero de un nivel estratigráfico anterior
a las viviendas romanas (Pera, 2005: nota 12; Ferrer i Jané, 2018: 323). También existe otro paralelo,
desaparecido, en Sagunt (Izquierdo y Arasa, 1999: 286-291), aunque su cabecera sería más apuntada.
Para Velaza (2018: 176), la estela de Sinarcas es justamente la culminación de este proceso evolutivo
en la ejecución de las estelas ibéricas, por su cabecera semicircular y la desaparición de la decoración, a la
que habría que añadir el anteriormente comentado posible uso de la pedatura y de unidades substractivas.
De hecho, para algunos autores, en la epigrafía latina republicana este tipo de cabeceras semicirculares
quedaban reservadas para termini destinados a delimitar el área sepulcral (Díaz Ariño, 2008: 68), lo que
concordaría con el uso de la pedatura en la estela sinarqueña.
Durante los dos siglos del periodo republicano en suelo peninsular, las poblaciones ibéricas generaron
una extensa epigrafía en lengua propia, influenciada por modelos latinos, lo que quizás explica, al mismo
tiempo, la escasez de epigrafía funeraria latina en ese momento (Díaz Ariño, 2008: 64). Estas piezas
constituyen una etapa intermedia hacia la tradición romana de señalizar la tumba mediante el establecimiento
de una piedra marcadora escrita, que la sociedad ibérica ha reinterpretado incorporando la inscripción con
su propio signario (Arasa, 1994-1995: 93). El debate gira en torno a si dicho contacto generaría el uso de
la escritura en contextos funerarios ibéricos (Velaza, 1996) o si simplemente aceleraría una tradición ya
presente (De Hoz, 1995), dentro de un marco general de expansión de la escritura en época helenística. De
un modo u otro, parece aceptada la visión de estelas como la de Sinarcas como un excelente ejemplo del
proceso de cambio lingüístico que están viviendo las élites locales por tal de, entre otros aspectos, mantener
su estatus y poder dentro del aparato romano, pero con una fuerte pervivencia del uso del signario propio
en fechas avanzadas.
Desde hace décadas se asume que las relaciones de patronazgo o clientela establecidas entre las élites
indígenas y las nuevas autoridades romanas fueron un importante motor en el cambio social y cultural
de la época (Slofstra, 1983). Reconocidos investigadores desde finales del siglo pasado otorgaron un
peso sustancial a las acciones de los indígenas en esos contextos, bajo el signo de la emulation (Woolf,
1998) o directamente la self-romanization (Millet, 1990). El que toda una serie de “imposiciones”
culturales como la lengua, la vestimenta o la religión estuviesen, en muchas ocasiones, promovidas
consciente o inconscientemente por las propias élites locales para aproximarse a las foráneas y, de esta
forma, asegurar así el mantenimiento de su poder. Posteriormente, en el seno de la teoría postcolonial
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aplicada a la arqueología, se ha generado un extenso debate sobre el uso de conceptos como hybridism
y hybridization que se oponen a las lecturas binarias de dominadores vs dominados en los complejos
escenarios coloniales o en momentos de contacto cultural a raíz de una conquista (cf. Van Dommelen,
2006 y 2011; Vives-Ferrándiz, 2008; Stockhammer, 2012: 43-58; Knapp y Van Dommelen, 2014: 250;
Beck, 2020). El resultado de estos encuentros sería una cultura material híbrida en la cual resulta tan
difícil hallar objetos inequívocamente romanos, como estrictamente indígenas; los llamados “terceros
espacios” (Jiménez, 2008: 49 y 2011).
La estela de Sinarcas y su contexto histórico y cultural pueden leerse bien dentro de esta problemática,
sin poder especificar más por el momento. Desgraciadamente desconocemos si la tumba que señalizaba
la estela incluía un tratamiento del cadáver de inhumación o era una deposición en urna de los restos
cremados. Tampoco nos han llegado los ajuares que acompañaban al difunto, en el caso de haberlos, o los
ritos que se hubiesen podido desarrollar en el momento de la muerte o a lo largo del tiempo; aspectos que
sin duda enriquecerían aún más la lectura de la pieza. No obstante, en el mismo yacimiento sí que se tiene
noticia del hallazgo de urnas cinerarias de factura ibérica. Todo esto en un territorio, el de Kelin, con un
pobre registro arqueológico funerario de época ibérica, con apenas necrópolis identificadas, de las cuales
tan sólo se han podido recuperar algunos enterramientos aislados. No existe, ni en este territorio ni en los
de alrededor, ninguna pieza que se pueda asemejar a la aquí tratada, ni se conocen elementos señalizadores
de tumbas para ninguna de las fases ibéricas precedentes.
Pese a todo, Pozo Viejo y la estela están mostrándonos una compleja situación de interacción de culturas
y tradiciones durante el siglo I a.C. Enlazando con lo expuesto anteriormente, se palpa la existencia de un
“tercer espacio”, justo en una de las zonas más singulares de toda la comarca: el campo de Sinarcas. En
esos momentos finales de la República romana, las identidades eran múltiples y cambiantes; parafraseando
a David Mattingly (2004), se constituían “identidades calidoscópicas”, superando las simples etiquetas de
“iberos” y “romanos”.
7. TERRITORIO Y METALURGIA TRAS LA CONQUISTA ROMANA
En numerosos trabajos previos se ha desarrollado la cuestión del poblamiento ibérico en la Meseta de
Requena-Utiel (Mata et al., 2001; Moreno, 2011; Quixal, 2015; Moreno et al., 2019). En todos ellos se
establece la existencia de un proceso de territorialización en torno a la ciudad ibérica sita en Los Villares
(Caudete de las Fuentes, Valencia), identificada a partir de la numismática como Kelin (Ripollès, 1979), al
menos desde el siglo V a.C. El asentamiento, en posición central, con una larga diacronía (ss. VII-I a.C.),
una considerable extensión (10 ha) y concentración de bienes de prestigio (Mata, 1991 y 2019), se situaría
en la cúspide de un territorio organizado y estructurado con diferentes escalas y categorías de núcleos, tanto
de hábitat como productivos, comerciales y cultuales. Al mismo tiempo, se ha defendido que el territorio
íntegro se puede desgajar en porciones más pequeñas, subáreas que parecen tener cierta unidad, donde el
poblamiento sateliza en torno a algún tipo de poblado fortificado de segundo orden.
Este es el caso, entre otros, del Campo de Sinarcas donde se ubica la necrópolis de Pozo Viejo, una
zona rica arqueológicamente y difícil de interpretar por la propia complejidad cultural que lleva aparejada,
dado su carácter liminal entre las áreas ibérica y celtibérica (Quixal, 2015: 202-203). El poblamiento parece
estar polarizado por el Cerro de San Cristóbal (fig. 11.1), uno de los poblados fortificados más importantes
del territorio de Kelin, en el cual no se han realizado excavaciones arqueológicas, pero sí hallazgos de
importancia (Martínez García, 1986; Iranzo, 2004: 171-177; Quixal, 2015: 95-96).
Precisamente, de niveles superficiales de este poblado procede una segunda inscripción ibérica de
Sinarcas, realizada antes de la cocción en la pared exterior de una pequeña vasija de cerámica ibérica. Fue
estudiada por Domingo Fletcher en 1987 y todavía permanece en manos de particulares (Martínez e Iranzo,
1987 a y b; Iranzo, 2004: 80-82) (fig. 12). Su lectura es ]+keilduar[, probablemente dual, por la presencia
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D. Quixal Santos, J. Ferrer i Jané y P. Iranzo Viana
de una variante supercompleja de ke (Ferrer i Jané, 2019b: 30-31), similar a la usada en uno de los plomos
de Los Villares / Kelin (BDH V.07.02). En este caso, el segundo trazo es curvilíneo y dobla perfectamente
al primero, mientras que en el plomo de Los Villares el segundo trazo también es curvilíneo, pero de menor
tamaño y se orienta hacia el exterior. La variante de esta nueva inscripción sería la protoforma de la que
derivaría la variante usada en la falcata de Torres-Torres (BDH V.22.01). Aunque en el estudio original se
identifica el primer signo fragmentado como un signo ka, probablemente se trate de un signo MLH III ki5
complejo, ]kikeilduar[. Aunque quizás pudiera ser también el signo â, confundido tradicionalmente como
ka7 o e7 y característico de la actual zona valenciana, presente por ejemplo en aidulâku en un recipiente
pintado de Llíria (BDH V.16.015). Este signo sigue (casi) siempre al signo l, por lo que se podría reconstruir
][l]âkeilduar[. En cualquiera de las dos alternativas, el elemento ildu, bien conocido de antropónimos y
topónimos (Untermann, 1990: nº 62; Rodríguez Ramos, 2014: nº 66), permite identificar un nombre de
persona: [l]âkeildu, con una posible variante del familiar lake (Untermann, 1990: nº 82; Rodríguez Ramos,
2014: nº 93) o, menos probablemente, kikeildu, con un poco habitual kike, quizás presente en kikebuŕ en
el plomo greco-ibérico de Coimbra del Barranco Ancho (MU.01.01), leído kukebuŕ, aunque sikebuŕ parece
mejor lectura. En cualquier caso, todo apunta a un esquema NP + ar, con el morfo ar, como posible marca
de genitivo (cf. Moncunill y Velaza, 2019), típico de las inscripciones de propiedad, aunque el hecho de que
sea una inscripción previa a la cocción permitiría esperar un mensaje más complejo, que la fragmentación
impide confirmar.
El área vive una peculiar realidad poblacional después de la conquista romana, ya que al Cerro de
San Cristóbal le surge un “vecino” de semejantes características en la montaña de al lado, el Cerro
Carpio (fig. 11.1 y fig. 13). Una peculiar bicefalia por la coexistencia de dos núcleos similares, en la que
el Carpio parece tener un carácter militar más especializado, con una mejor visibilidad y un sistema de
Fig. 11. 1: Vista de los cerros parejos Carpio (izq.) y San Cristóbal (der.), con la actual población de Sinarcas a sus pies.
2: Entrada a la Mina de Tuéjar. 3: Fosa con escorias de reducción de Los Chotiles, excavación de 2017. 4: Recipiente
cerámico con decoración impresa e incisa del Cerro de San Cristóbal (Museo de Buñol; Gómez Morillas, 2021: 36-37).
5 y 6: Recipientes con decoración impresa e incisa del Cerro de San Cristóbal (Iranzo, 2004: 61 y 96). 7: Escorias de
reducción recuperadas en la excavación de Los Chotiles.
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Fig. 12. Dibujo de la inscripción sobre cerámica
por parte de Domingo Fletcher en la década de
los ochenta del siglo pasado (recogido en Iranzo,
2004) y fotografía actual de la misma.
fortificaciones más allá de la propia muela natural. En ocasiones se ha planteado una posible sustitución
de un poblado por otro, pero el estudio de sus materiales nos muestra que coexistieron. En el entorno
sinarqueño, también en época tardía, se da la fundación de Punto de Agua (Benagéber, Valencia), una
atalaya provista de un torreón y un foso (Lorrio, 2012: 71-74), juntamente con una necrópolis (Martínez
García, 1988), que surgiría justo en el momento en el que los estudios territoriales muestran la casi total
desaparición de las atalayas (Quixal, 2015: 202-203). Por lo tanto, a falta de excavaciones que confirmen
los datos obtenidos por prospección, tendríamos dos fundaciones ex nihilo de asentamientos fortificados
después de la conquista romana, sin que ello suponga el abandono del poblado central, el Cerro de San
Cristóbal, hasta comienzos del siglo I a.C. El Cerro Carpio perdurará, como hemos dicho anteriormente,
hasta época altoimperial.
El patrón de asentamiento se completa en el llano por multitud de asentamientos rurales con carácter
estable, así como instalaciones productivas como el horno cerámico de La Maralaga (Lozano, 2006) y el
que probablemente existiese en El Carrascal (fig. 13). La zona parece tener personalidad propia, visible
en la producción especializada de cerámicas con una característica decoración impresa e incisa (fig. 11.4
a 11.6 y 12), cuyo radio de exportación supera el ámbito regional (Valor et al., 2005; Quixal, 2015: 150151). A diferencia de lo que ocurre como tónica general en la Meseta de Requena-Utiel, hay continuidad
poblacional entre época ibérica y romana en muchos de los núcleos, incluso tras la fractura de inicios del
siglo I a.C. en el marco de las guerras sertorianas.
Pensamos que no es casualidad que todas esas dinámicas poblacionales se den en la orla septentrional
del territorio de Kelin, sino que están directamente en relación con alguna necesidad o interés del nuevo
contexto generado tras la conquista romana. Detrás de toda esta realidad se palpan claras estrategias
territoriales en pro de un desarrollo económico ligado a la explotación minero-metalúrgica, presente ya en
fases anteriores, pero cuyo auge se situaría en este momento (Quixal, 2020). El Ibérico Final es una de las
fases más relevantes en cuanto a metalurgia en la comarca y esta zona es, sin duda, la mayor protagonista.
Allí se han documentado hornos metalúrgicos como el de La Maralaga (Lozano, 2006: 135) o estructuras
vinculadas con la reducción del mineral de hierro como en Los Chotiles1 (Quixal, 2022) (fig. 11.3 y 11.7),
llegando a constituir auténticos escoriales como sucede en el Campo de Herrerías (Mata et al., 2009).
En el Cerro de San Cristóbal se han recuperado toberas y escorias de forja, que indicarían que la última
fase del proceso de transformación siderúrgica se realizaría en los asentamientos principales. Toda gira en
1
Los Chotiles ha sido objeto de una excavación arqueológica en 2017, integrada en el programa anual de actuaciones del Museu de
Prehistòria de València, bajo la codirección de Consuelo Mata y David Quixal. Posteriormente, en 2021 se realizó una prospección
geomagnética dentro del proyecto GEOIBERS (AICO2020/250). El conjunto continúa en proceso de estudio, sin descartar la
posibilidad de acometer nuevas actuaciones en el futuro.
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D. Quixal Santos, J. Ferrer i Jané y P. Iranzo Viana
Fig. 13. Mapa de la zona de estudio, al norte del territorio de Kelin, en los siglos II-I a.C.
torno a la existencia de una importante mina histórica de hierro en el cercano término de Tuéjar, explotada
según nuestro parecer desde este territorio (fig. 11.2), más la posible existencia de otras vetas o puntos de
extracción superficial.
En época imperial, ningún asentamiento sobresale con claridad por encima del resto, a excepción quizás
de El Carrascal. No obstante, hay hallazgos significativos en diversos yacimientos que inducen a pensar
en la existencia de alguna villae o incluso algún asentamiento rural concentrado tipo vicus. Además, hay
múltiples núcleos estables, en muchos casos con continuidad desde época ibérica.
8. CONCLUSIONES
En la necrópolis de Pozo Viejo, a través de la estela de Sinarcas, vemos como en el siglo I a.C. un personaje
pretende marcar conscientemente un estatus diferencial mediante una particular fusión de prácticas, en
la que se adoptan hábitos romanos, pero manteniendo tradiciones ibéricas resilientes. Baisetas, Baisetas
Ildutas o como se llamase realmente el difunto, se está enterrando mediante un ritual en el que se sincretizan
elementos culturales tanto ibéricos (tipo de escritura) como romanos (uso de la escritura en ámbito funerario;
señalización con estela; posible indicatio pedaturae y uso de numerales substractivos), dando lugar a una
nueva realidad. Esta singularidad genera una reflexión sobre la posibilidad de adelantar su cronología a la
segunda mitad de esa centuria, precisamente para encuadrarla mejor con los paralelos romanos hispánicos
de estelas con cabecera semicircular y uso de la pedatura, habituales a partir de época augustea.
El personaje enterrado estaría plenamente integrado en la sociedad romana, quizás, tan sólo a modo de
hipótesis, con alguna vinculación de tipo militar o en relación con la próspera explotación del hierro en
la zona. El establecimiento de redes clientelares entre las aristocracias locales y las autoridades romanas
sería clave para poder gestionar tan vastos territorios y aprovechar los recursos existentes. En Sinarcas,
el interés por la explotación del metal está haciendo más complejo, si cabe, el proceso de cambio cultural
y, probablemente, conllevaría una presencia más directa de agentes romanos. Esto podría estar también
en relación con la particular bicefalia de poblados fortificados a raíz de la fundación del Cerro Carpio,
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asentamiento al que se puede asociar esta necrópolis. Todo ello en una zona liminal, abierta a las influencias
provenientes de ámbito celtibérico tras la conquista romana. A fecha de hoy, faltan datos para poder precisar
más en todas estas problemáticas; sin embargo, consideramos que ha sido interesante enmarcar la pieza en
su contexto espacial y cultural para poder ir más allá de su mero valor epigráfico.
Una centuria, si no décadas, más tarde vemos el siguiente paso de este lento y complejo proceso en la
cercana necrópolis de la Cañada del Pozuelo, ya con un ritual funerario romano plenamente establecido.
A Marco Horacio Mercurial, un personaje importante en la zona, se le pueden vincular al menos dos
inscripciones que conformarían un monumento o área funeraria familiar. Al mismo tiempo, la presencia
de antropónimos indígenas como Viseradin puede concebirse como una reminiscencia onomástica de
las antiguas aristocracias locales, integradas en época tardorrepublicana, tal y como podría ser el difunto
homenajeado en la estela de Sinarcas.
AGRADECIMIENTOS
Este trabajo se integra dentro del proyecto “Lenguas paleohispánicas y géneros epigráficos” (PID2023-147123NBC43), financiado por MCIU/AEI/10.13039/501100011033/ FEDER, UE. Queremos mostrar nuestro agradecimiento a
Ferran Arasa, Jaime Vives-Ferrándiz y Consuelo Mata por su colaboración y asesoramiento en el proceso de elaboración de este estudio, así como al Museu de Prehistòria de València y al Ayuntamiento de Sinarcas por las facilidades
prestadas. Agradecemos también los comentarios de los revisores.
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